jueves, 13 de noviembre de 2014

Novela corta: Cuatro años y un día

I



Más vale la pena en el rostro que la mancha en el corazón.
Miguel de Cervantes





-¿Qué te pasa? -le dijo ella, sentada en frente suyo, en el suelo, sobre la alfombra barata con motivos de caza que había comprado en la tienda china, apoyada sobre su brazo izquierdo y con semblante preocupado. -¿Te encuentras bien?
Él la miraba fijamente a los ojos, aquellos preciosos ojos grises en cuyo interior se reflejaba el dorado sol, alegres, optimistas, bellos como el ocaso en el paraíso.
-Nada -le respondió él, serio-. No me pasa nada.
La había visto llegar desde el otro lado del hueco que en su día fue una ventana, con una copa de, esta vez, un Burdeos en la mano que aquella tarde había dejado allí para no tomarlo caliente. Vestía minifalda negra y un jersey verde de tirantes muy escotado, demasiado escotado para su encuentro, o apropiado, dependía de cómo se tomase aquello que le tenía que decir. Pensó por un momento que le costaría Dios y ayuda concentrarse en mirarla a los ojos y no dejar clavada la vista en aquellos tersos, jóvenes y apetecibles pechos. Iba a pasar un mal trago. Bebió un sorbo de vino negro, en su punto, ni muy frío ni muy caliente.
-A ti te pasa algo -le dijo.
Esta vez él no contestó. Intentó sonreír pero sus labios se quedaron a medio camino entre la seriedad y la sonrisa, mostrando en su rostro una mueca inerte de asco. Él no se veía pero conocía sus expresiones, horas y horas frente al espejo, y aquella le daba ahora una apariencia de hastío como ninguna otra, como la que lucen los marineros cuando llegan a puerto después de seis duros meses de pesca en alta mar, alegres por volver a ver a sus seres queridos pero derrotados por el cansancio acumulado y tristes por saber que tarde o temprano se volverán a marchar, dejando su vida en tierra. Pensaba en si decirle o no lo que en ese momento le pasaba por la cabeza. Sabía su respuesta, y su respuesta sería no. Se sentía como Sócrates, cuando a la pregunta de si se declara culpable debía decir sí, obligado por sus valores, por su palabra, a pesar de saber el resultado, la muerte. La respuesta sincera le llevaría a la cicuta y tras un momento de angustia y dolor, a la muerte. Pero no podía seguir ocultando sus pensamientos, por él, por ella, por su breve amistad que les había llevado hasta aquel caserío abandonado después de haber pasado cuatro días intensos, inolvidables, fugazmente intensos. Fue todo tan rápido. No quería ser sincero porque conocía la respuesta. Desde muy joven había aprendido que si no se quería oír la respuesta mejor no preguntar. Y allí estaba, con la cara desencajada, torturándose psicológicamente. Debo decírselo, pase lo que pase, aunque sepa lo que va a pasar, se decía una y otra vez. Ella lo miró extrañada, observando fijamente sus labios contracturados, inmóviles, congelados en una estúpida mueca que le afeaba el semblante.
-Dime que te pasa -le dijo, tocándole la mano suavemente, como una madre acaricia a su hijo mientras duerme, despacio, por miedo a despertarlo. Como una madre, pensó, como una amiga, una buena amiga a pesar de haberse conocido cuatro días antes. Toca, acaricia como una amiga ingenua, ajena a su dolor, a su tortura interna. No como una amante, como una madre.
Él agachó la cabeza para que ella no viese aflorar de sus ojos una minúscula lágrima que intentaba retener sin conseguirlo. Aquí se acaba todo, se dijo. Así acaba nuestra breve pero intensa relación, con una caricia, una caricia que le estremeció el cuerpo entero, le erizó el bello e hizo que su corazón latiese más rápido, demasiado rápido, notó. Sí, todo acababa allí, pero no de la manera que él había pensado sino peor, mucho peor. Intentó levantar la mirada pero no podía, no quería. Daba igual, tenía en su mente su perfecto rostro tatuado. Su perfilada nariz, su pequeña mandíbula, su dentadura blanca y perfectamente alineada, sus pequeñas orejas desprovistas de pendientes y sus ojos, aquellos ojos que le habían enloquecido un segundo después de verlos por primera vez. Aquellos ojos curiosos, vigorosos, traviesos, bondadosos. Divagó sobre cuánta información sobre una persona puede ofrecer una mirada. La de ella decía que era una buena chica, simpática, amable, sincera, sentida, frágil, pero con carácter. O no. Posiblemente se equivocase, sólo hacía cuatro días que la conocía, pero esa era la impresión que daba al mirar sus inolvidables ojos. Ese carácter que le fascinaba, que le volvía literalmente loco y que le hizo dar en ese instante un golpe seco con la palma de la mano en el empedrado suelo y decirle con tono amenazador que o le decía lo que le pasaba o se levantaba y se largaba. Él, con la mirada clavada en el suelo, visualizó en su mente sus ojos oscurecidos, débilmente entornados, como si un rayo de luz invadiese la estancia y no pudiese abrirlos del todo por el molesto resplandor. Notó también su animada respiración y pudo ver su pecho firme inflándose y desinflándose rápidamente, casi jadeante. Aquel pecho que unos días atrás le había rozado el brazo provocando en él un incómodo calor corporal que le hizo enrojecer de vergüenza o de satisfacción, o de los dos sentimientos a la vez. Intuyó que lo miraba fijamente, extrañada, con su corazón latiendo unas 140 veces por minuto. Esta se larga, se dijo, y tirando de orgullo y agallas levantó la mirada para posarla en aquellos ojos fríos, achinados, rojos de ira, grises, grandes, expresivos, preciosos, hipnotizadores como el mar, como el inmenso océano con su vaivén espumoso en pleno amanecer. No podía mentirle, no quería mentirle. Sabía que otro nada lo dejaría allí, solo, abatido, derrotado, muerto. Por fin articuló palabra.
-No lo sé -dijo-, siento que se me oprime el pecho. No es normal.
Algo no iba bien. Su corazón latía muy deprisa, demasiado deprisa, y la vista se le nublaba. Sacudió la cabeza para aclarar la visión, pero en ese mismo instante cayó desplomado al suelo, rígido, tieso, como un roble talado. Le pareció escuchar árbol va.  

II



A menudo encontramos nuestro destino por
los caminos que tomamos para evitarlo.







La había conocido mientras nadaba en el lago. Por descuido, o cansancio, sus cabezas habían chocado al cruzarse mientras ambos hacían largos en el amplio espacio que, preparado para los bañistas, hacía de piscina. Un toque leve, sin dolor. El ay fue más del susto que del daño. Preocupado, levantó la mirada y la vio. Vio aquellos hermosos ojos grises que también le miraban, que se posaban en los suyos suavemente, sin hacer ruido, como si de una mariposa se tratase al posarse en una bella flor, una rosa, una amapola o una orquídea. Una bella flor de piel blanca, demasiado blanca para la época del año en la que estaban. Dos segundos bastaron para que su rostro quedase grabado en su cerebro, pintado, inmortalizado, como los inmortalizados personajes que pintados por genios como Velázquez, Tiziano o Goya adornaban las paredes de los museos más prestigiosos del mundo. Una perfecta escultura davidiana, hecha de mármol de Carrara, mármol inmaculado, desprovisto de imperfecciones, sin vetas, sin arrugas, sin experiencia. Joven,  muy joven, demasiado joven para él, pensó. Mármol demasiado inocente, demasiado perfecto y joven. Inmerecido. Eternamente joven, imperecedero, como una escultura griega de una bella diosa, de cabello castaño, rizado, cuyas puntas cosquilleaban su nuca.  Pensó en Niké. Pensó en victoria. Azar victorioso, destino caprichoso que le hacía chocar con una diosa griega de tres mil años de antigüedad, perfectamente conservada, reencarnada en mujer de carne y hueso en un lago de Girona.
-¿Estás bien?-, le preguntó ella.
Curiosa pregunta. La misma pregunta que le haría ella al llegar al caserío abandonado cinco días más tarde, después de darse dos besos, sentarse y hablar dos minutos del sofocante calor que aquel día derretía el asfalto de la ciudad y evaporaba el agua del lago.
-Sí -le respondió él-, ¿y tú?
-También bien -dijo él-. Perdona pero no te he visto.
Ella sonrió mientras agitaba sus brazos en el agua para mantenerse a flote. Él hacia lo mismo, y de vez en cuando sus manos se rozaban suavemente provocando en él una sensación que jamás antes había experimentado, mezcla de compasión y excitación.
-La culpa es mía -le dijo-, tendría que haber levantado la cabeza.
Él sonrió.
-De los dos -le dijo-, culpa de los dos, dejémoslo así.
-Sí -respondió ella sin dejar de sonreír-, supongo que sí.
Seguían mirándose fijamente. Él no sentía sus brazos moverse bajo el agua. El tiempo se había detenido, todo a su alrededor estaba quieto, paralizado, inmóvil. La brisa había dejado de susurrar, las copas de los árboles ya no bailaban al son de las trompetas celestiales, el agua parecía de vidrio, sin oleaje, sin esa espumilla blanca que culmina lo alto de las minúsculas olas y que arrastran hojas hasta la orilla sin más obstáculos que el ahora ausente viento. Dios había apretado el pause para que Álex, su nombre en clave en aquella misión, pudiese deleitarse con los preciosos ojos grises de ella, con su nariz fina y perfilada, con sus labios carnosos, sensuales, perfectamente dibujados y pintados de rojo, humedecidos por el agua dulce del lago, con sus pequeñas orejas y, sobretodo, con el roce de su mano, con sus dedos largos y delgados con uñas cortas pero cuidadas. Allí seguían, mirándose el uno al otro, con sonrisa bobalicona, adolescente, inexperta, inocente, ingenua, despreocupados por un futuro incierto, un futuro que sería su ruina más temprano que tarde, cuando se despidiesen para siempre. Sus piernas se tocaron levemente y él sintió erizarse nuevamente su bello, como siempre que sin querer se tocaban. Sus piernas, pudo ver a través de la transparencia del agua impoluta, eran largas, perfectamente depiladas, de pies pequeños y uñas pintadas de un rosa apagado que no destacaba en su piel blanca de mármol de Carrara, el preferido de los mejores artistas renacentistas que con sus manos esculpieron bellezas que perdurarán para siempre. Piernas de modelo. Alguno tiene que decir algo, pensó Álex. No podían estar así todo el día. Como si le hubiese escuchado sus pensamientos, Ángela sonrió.
-Ya nos veremos -le dijo ella.
-Sí claro -respondió él, tímido, avergonzado, sin agallas para preguntarle ni siquiera su nombre.
Ella lo esquivó despacio, sin apartar la vista de sus ojos azules, que tampoco podían dejar de mirarla.
-Adiós -le dijo ella con un acento catalán de pueblo,  gracioso pero no exagerado, con una voz dulce, melancólica, acompañada de un ligero tono musical, lira aseguró, lira divina, también griega, clásica, como ella, como su belleza, como el mármol del que estaba hecha.
Mi musa, se dijo para sí sin percatarse que Ángela lo había oído y nadaba dándole la espalda sonriendo, feliz, con la misma gracia que un bebé da sus primeros pasos, pero sin torpeza alguna, pasos firmes, serenos, seguros del terreno que pisaban, sin miedo a nada. Nadaba bien, con buen estilo, un estilo fino, casi académico. De buen seguro que de joven se había dedicado a la natación, posiblemente seguiría nadando ahora por hobby, por puro placer, pagando la cuota rigurosamente en algún gimnasio cercano a su casa, dos o tres días a la semana. Aún quedó allí Álex, que moviendo los brazos despacio, debajo del agua, giró su cuerpo para ver la dirección que tomaba aquel bello delfín de ojos grises y cabellos castaños rizados, infantiles, bien cuidados y perfumados a pesar de estar mojados. Observó, su profesión era aquella, observar, cómo desde la orilla un joven levantaba la mano y supuso que indicaba a la bella sirena dónde se aposentaban. Era un grupo de diez chicos y chicas y el joven que ahora levantaba la mano miraba, en la lejanía, a Álex, inquisitivo, rencoroso, con odio en sus ojos. Su novio, pensó, tiene novio. Sonrió, pero no era una sonrisa sincera, ni feliz. Era una sonrisa triste, desganada, soñadora, con sueños malos, de pesadilla. Sonrió porque no podía creer en su mala suerte. Siempre igual, pensó. Ley de vida, ley del maldito Murphy, el Murphy que le seguía a todas partes y que no le dejaba levantarse ni coger carrerilla. Con la mirada perdida, buscó las boyas que separaban la piscina natural del resto del lago y con estilo implacable, había sido nadador profesional durante más de diez años, llegando a ser campeón de España en los 100 metros libres a los veinticinco, se dirigió a ellas para relajarse un poco y pensar. Pensar en ella, en su musa, en su diosa griega.
Con los brazos entrelazados sobre las rosquillas amarillas puso su mirada en el horizonte, al otro lado del lago, en los árboles que bailaban al son del viento, ¿encinas?, ¿robles?, no tenía ni idea qué clase de árboles eran. Árboles. Y allí quedó hasta que la humedad le arrugó la piel de los dedos de las manos, pensativo, analizando su encuentro con aquella hermosa joven, risueña, simpática, amable, educada, de rizos traviesos que tapaban a duras penas su nuca, de mirada penetrante, atractiva, sincera, inocente, cariñosa, fiel, intrigante. Jamás pensó que el gris pudiese ser un color tan bello. A partir de ahora, se dijo, mi color favorito será el gris.
Cuando salió del agua dirigió una mirada a cada uno de los jóvenes que acompañaban a su sirena. Seis chicos y cuatro chicas. Todos más o menos de la misma edad, su misma edad, entre 30 y 35 años. Sus cuerpos eran atléticos y estaban bronceados. Posiblemente fuese una de esas salidas que un grupo de amigos del gimnasio hacen una vez al año, en vacaciones normalmente. Alquilan una casa rural, ríen, beben, pasean, hacen deporte. Él mismo, hacía ya unos años, había hecho eso mismo en una casa rural con piscina en el pirineo aragonés con compañeros de trabajo. Menuda juerga, pensó. Sonrió. Sería eso, seguro. Se tumbó en la toalla, posada sobre el césped con esmero, cuidando no se arrugasen las puntas, completamente estirada, casi perfecta, como perfeccionista que era. Una alfombra árabe en mitad del salón de un palacio veneciano, con suelo de mármol, mármol de Carrara, mármol blanco, sin estrías, sin vetas, liso, perfecto, como la piel blanca y perfecta de la misteriosa joven que acababa de conocer. Cerró los ojos y dejó hacer a su imaginación. Y su imaginación le llevó a fantásticos lugares, playas paradisíacas, solitarias, de arenas blancas y aguas cristalinas, montañas nevadas, altas, con vistas espectaculares de otras montañas menores tapadas por espesas nubes mientras el helado viento le cortaba la cara. O paseos metropolitanos flanqueados por altos árboles con tiendas de lujo en sus aceras, con maniquís delgados luciendo trajes negros o vestidos de noche con grandes escotes y espaldas descubiertas. O mansiones de mafiosos cuyos lacayos, pistola en mano, disparaban al bulto, sin importarles el gasto de munición, mientras escapaba de milagro saltando zanjas, herido en una pierna, y sorteando piedras y estatuas de mujeres desnudas con jarrones en sus brazos. Se despertó sobresaltado, sudando. Estos sueños me están matando, se dijo. No dan ni un respiro.
Cuando abrió los ojos vio a la hermosa joven que de pie, a lo lejos, le observaba con semblante serio. Se había puesto un pareo rojo con motivos florales blancos que sujetaba a la nuca con un fuerte nudo vulgar y dejaba descubiertas las piernas de rodilla para abajo. Calzaba sandalias, también de color rojo. Se había quitado la parte de arriba del bañador y el enorme pañuelo que hacía de vestido insinuaba la forma de sus pechos. Unos pechos firmes, fibrosos, redondos, más bien pequeños para su gusto pero no carentes de sensualidad. El contraste del agua fría con el ambiente caluroso endurecían sus pezones, unos pezones pequeños, apetecibles, como una golosina para un niño, una pequeña golosina de esas que simulan ser moras rojas, bañadas de azúcar, dulces, duras, de esas que chupas durante horas hasta que ya no queda nada y se te pega a la lengua el último resquicio de ellas antes de tragarlo con pena, con tristeza, dolido por acabarse tan deseado manjar. Era perfecta, perfecta para él. Se incorporó a medias, apoyados sus antebrazos en la toalla verde que cubría el seco césped, para observarla mejor. El sol le impedía abrir bien los ojos y se puso sus gafas negras, unas Ray-Ban de aviador cuyo oscuro cristal no dejaban ver sus preciosos ojos azules. Miró la mano de su sirena. Parecía hacer señas, a él. Abría la mano y después con el índice señalaba el suelo. Lo hizo dos veces y después, sujetada por el brazo de aquel que había requerido su presencia tras su encontronazo en el lago, abandonaba el claro entre la espesa arboleda. No entendía a qué se refería la hermosa joven con aquellas señas. Pensó en todas las combinaciones posibles y llegó a la conclusión que su bella sirena le citaba allí a las cinco de la tarde. No tenía nada que perder. Las tardes las tenía libres y gracias a Cándido, que le había cambiado el turno aquel día, ahora conocía a la mujer de sus sueños. Sin nada más que hacer que salir a correr por el lago, pensó en pasarse por allí a las cinco y si la chica no aparecía seguir su camino, seguir corriendo para liberarse de los malos pensamientos, de aquellos sueños que le atormentaban de día y de noche, de sus demonios. Aquellos sueños en los que por descuido, sin querer, disparaba a la cabeza de una preciosa mujer rubia de pelo largo y ojos negros, vestida en ropa interior, que gritaba algo inteligible, en ruso, mientras le apuntaba con una pistola.

III



Elige un trabajo que te guste y no tendrás
que trabajar ni un día de tu vida.





Un leve toque en el hombro con la mano derecha y un ven a mi  despacho bastaron para que se levantase de su silla y con paso ligero, sonriente por volver a la acción, obedeciese la orden del comisario sin pestañear. Había estado un año en rehabilitación por la herida de su pierna derecha, pero ya estaba totalmente recuperado y con muchas ganas de marcha, como solía decir. Por eso mismo se había empecinado en ser detective, por la marcha. Por el riesgo, la aventura, la improvisación, por esas mariposas en el estómago que le hacían cosquillitas cada vez que se veía en algún apuro del que normalmente salía airoso, aunque magullado. Era su destino, decía, meterse en marrones para poder salir de ellos cantando victoria. Llevar su cuerpo al límite, al borde del abismo, y a pesar de las numerosas cicatrices que lucía en su cuerpo atlético, amaba su profesión, porque amaba mantener el equilibrio estando en la cuerda floja. Porque cruzar las torres Kio de azotea a azotea, caminando despacio por un cable elástico sin arnés sujetado a su cintura ni colchoneta que le librase de abrirse la cabeza contra el duro asfalto, le hacía sentirse bien, muy bien, superior al resto de la humanidad. Además, ponía en práctica aquello de que uno no sabe de lo que es capaz de hacer hasta que lo hace, hasta que no vive experiencias que le llevan a situaciones donde lo posible se difumina tanto que un frágil hilo de algodón lo separa de su antónimo. Y por ello se conocía bien, muy bien, y sabía perfectamente dónde estaba su límite, lejos, muy lejos, casi inalcanzable. Deseaba, necesitaba entrar en acción tanto como el comer, o más, porque dejaría de comer para conseguir un buen marrón. 
-Siéntate -le dijo el comisario señalando con su mano la única silla disponible en su despacho.
Se sentó justo en frente, al otro lado de una mesa rectangular de vidrio negro y patas metalizadas que soportaba el peso de un teléfono inalámbrico, un marco de 10 x 15, una estilográfica Montblanc, un bloc de notas en blanco y un miniordenador Toshiba. Seguía sonriendo, recordando con euforia la última vez que había estado en aquel mismo lugar, recibiendo instrucciones para su misión en Benidorm. 
-¿Cómo estás? -le preguntó su superior, frotándose la calva con su mano izquierda para acto seguido alisarse el enorme bigote con dos dedos. Estaba nervioso. 
-Muy bien -respondió-, con ganas de volver al trabajo. 
-Bien, bien -dijo serio el comisario-. Me alegra oír eso porque tienes un trabajillo. 
-¿De qué se trata? -preguntó entusiasmado. 
-Nada del otro mundo, vigilancia pura y dura. En Banyoles, Girona. 
-¿Vigilancia? Vamos comisario no me joda. Estoy perfectamente, esta mañana he corrido quince kilómetros en menos de cincuenta minutos y supongo que ya conoce mi puntuación en tiro y la opinión de Montero -el psicólogo-. 
El comisario dio un manotazo en la mesa y se levantó de su silla, de golpe, furioso. 
-¡No me jodas tú a mi, cabronazo! ¿Sabes cuántas explicaciones he tenido que dar en este año porque al Casanova le picaban los huevos? ¿Quién coño te has creído que eres, James Bond? Tu misión era comprarle drogas y armas a Korneiev, ¡no follarte a su mujer para luego cargártela! 
-Pero... 
-¡Pero nada! -le cortó el comisario-. Sé lo que me vas a decir -siguió ladrando-, que fue un error, que al final pillamos a ese hijoputa, que sin ella no podrías haber encontrado el alijo... ¡Y una mierda! Para los de arriba ella era inocente. Con toda la mierda que está cayendo con la violencia de género y vas tú y le pegas un tiro en la cabeza. ¿Sabes cuántas conferencias de prensa he tenido que dar para disculparte? ¡Sesenta y cinco! ¡Sesenta y cinco putas comparecencias ante esos cabrones que lo único que les importaba era cómo y por qué había muerto la zorra esa! ¡Así que no me jodas! Calla y acata. Vigilancia y punto. 
El comisario estaba muy cabreado. Odiaba entrevistarse con la prensa, más cuando ni él mismo sabía qué excusa poner para suavizar el asesinato de la esposa del mafioso ruso y cuyo rostro ensangrentado salió en todos los noticieros de televisión. 
-Aquí tienes -le dijo tirándole un USB a las manos-. Lárgate de mi vista. 
Salió del despacho cabizbajo, triste, decepcionado. Cuando fue a abrir la puerta oyó al comisario que le llamaba con voz más suave. 
-Casanova -le dijo con sorna-, una mujer más en el cementerio y no te salva ni el Papa de Roma. Pórtate bien y la siguiente será mejor, te lo prometo.
Nada más llegar a su box, metió el USB en la torre y abrió una carpeta llamada Banyoles. Comenzó a leer. Parecía una misión rutinaria, aburrida, de vigilancia. El senador Revilla pasaría una semana en la ciudad catalana para desconectar después de anunciar que dejaba su partido por unas irregularidades que daría a conocer en su momento. Su turno de vigilancia sería el de seis de la mañana a dos de la tarde. Únicamente debían informar de quién entraba y quién salía de la habitación y a qué horas. Si sucedía algo irregular debían informar al jefe de su escolta y al comisario. Su nombre en clave era Alejandro, Álex a partir de aquel momento, decidió. Allí el detective López, nombre en clave Felipe, y un tal Ribera, nombre en clave Cándido. A este último no lo conocía, pero a Felipe lo conocía bien después de coincidir en una misión en Barcelona y tomar café una vez a la semana después de que Álex le salvara la vida. Por lo visto, su cagada con los okupas gabachos había propiciado que Felipe estuviese también "castigado". Bueno, se dijo, por lo menos me dará el aire. 

IV



Tiene mejor conocimiento del mundo,
no el que más ha vivido,
sino el que más ha observado.





Había planeado dar dos vueltas al lago, unos 15 kilómetros en total. A las cinco menos cinco, Álex llegaba al claro. Había numerosos niños que aprovechaban la tarde para bañarse, jugar a pelota o pasear en bici con sus padres. Se quitó los auriculares y paró el cronómetro. Aún le quedaban cinco kilómetros para completar el recorrido. Sudaba mucho. Hacía calor y las nubes brillaban por su ausencia, como brillaban los ojos de su musa, de su delfín, de su diosa griega. Notaba como las gotas de sudor resbalaban por su musculoso torso hasta morir en la goma del pantalón corto azul que lucía siempre que salía a correr. Se quitó la camiseta sin mangas para airearla y su pecho depilado y moreno alertó a una mujer de avanzada edad, unos cincuenta años, observó, que vigilaba a los que supuso serían sus nietos. Cuando la mujer se percató de la mirada del joven volvió la cabeza rápidamente, avergonzada, mientras Álex sonreía picarón y negaba con la cabeza.
Buscó un sitio para sentarse y estirar los músculos, los gemelos, los abductores, los femorales y los cuádriceps, esperando la aparición de su hermosa dama, su misteriosa dama. Ella no tardó en aparecer. También venía sudada, con top ajustado rojo, mallas cortas negras, mallas que acababan justo por debajo de los glúteos, gorra negra, gafas de sol deportivas y su Ipod sujeto al brazo por una cinta negra que dejaba al aire el cable de los auriculares que le recorría la espalda hasta llegar a sus pequeñas orejas. Nada más verlo sonrió. Lo miró de arriba a abajo, una mirada inspectiva, sincera, excitada. Le gustó lo que vio. Todo músculo, ni un gramo de grasa, ni un gramo de bello, abdominales marcadas, pectorales definidos y un par de cicatrices en espalda y hombro que le daban un aspecto de peligroso, morboso peligro. Un David moderno, como si Miguel Ángel hubiese resucitado y se dedicase a hacer esculturas de carne y hueso. Él no se había percatado aún de su aparición y eso le dio tiempo a ella para recrearse en su físico. Cabello rubio, abundante, cortado al cero y medio o uno, a máquina, comodidad, supuso. Las gafas de sol deportivas no dejaban ver el color de sus ojos pero los recordaba bien de aquella mañana. Azules, azules como el mar, como el inmenso mar. Grandes, expresivos, tuvo la sensación que sólo mirándole a los ojos podía adivinar sus pensamientos, cosa que no fue así, ni sería jamás. Nariz recta, ni pequeña ni grande, bañada ahora por las gotas de sudor que caían desde su frente y se perdían en sus piernas. Boca pequeña, bien definida pero pequeña, sobre un mentón de bebé que le daba aspecto infantil. Bien afeitado, patillas cortas acabadas en punta y cejas pobladas que al ser rubias no se veían excesivas. Las orejas eran también pequeñas, sin agujeros ni pendientes. Se percató de que toda su cabeza era pequeña, no desproporcionadamente respecto a su cuerpo, pero pequeña, más o menos como la de ella, incluso algo más pequeña, pero poco. También le gustaba correr, y eso le gustó. Se cuida, se dijo, me gustan los hombres que se cuidan. Detestaba los dos extremos, los vigoréxicos y los dejados. Le gustaban fibrados, depilados, con buen olor corporal, como Álex. Se acercó despacio, intentando no ser vista por el joven que, sentado, se cogía las puntas de los pies para estirar las piernas.
-¿También corres?
Álex se sobresaltó, no se esperaba tan silenciosa aparición, tan bella y silenciosa aparición. Estoy perdiendo facultades, se dijo. Se incorporó y se puso la camiseta sin mangas roja, empezando primero por los brazos y luego la cabeza. Se sacudió la hierba de las piernas y contestó “sí, como tú, imagino”. Ángela sonrió. Era un poco más alto que ella, apenas cuatro dedos, y a pesar de estar sudado olía bien, a vainilla, a apetitoso y refrescante helado de vainilla.
-Me llamo Ángela.
-Yo Álex.
Álex le acercó la mano derecha para estrechársela, pero ella se la negó, sonriendo. Y le dio dos besos, uno en cada mejilla.
-Encantada, ¿seguimos?
-Por supuesto -respondió él, también sonriente, sorprendido con la decidida actitud de Ángela.
Empezaron a correr sin ponerse los auriculares, al trote, despacio, para que la respiración les permitiese hablar, conocerse algo más, aunque sus preciosos ojos hablasen por sí solos.
-¿Estás de vacaciones? -preguntó ella.
Le gusta llevar la iniciativa, pensó. Me gusta, me gusta mucho. Me gusta que las mujeres estén seguras de sí mismas, que tomen partido, que luchen por lo que quieren. Que no se dejen llevar, que no se crean princesas de un cuento aún por escribir, un cuento lejano, irrealizable, fantástico. Que se crean princesas cuando sólo eran las hermanastras malas de Cenicienta. Así le cautivó ella a él, y ella lo supo. En ese momento lo único que deseaba Ángela era hablar con Álex, llevando la iniciativa, marcando el primer gol nada más empezar el partido para jugar con ventaja.
-Se podría decir que sí -dijo él.
-¿Podría? -preguntó ella.
-Lo cierto es que estoy trabajando, pero como puedes ver no es un trabajo muy estresante, dijo.
-Ya veo -respondió ella con una sonrisa-. ¿Y de qué trabajas?
Segura de sí misma y curiosa, se dijo. Espero que no lo sea mucho. Álex odiaba hablar de su trabajo, y aunque hubiese querido no podía desvelar su secreto a la primera desconocida que se encontraba en el lago. Ya tendría tiempo, ojalá, de contarle la verdad.
-Trabajo observando la fauna, las aves, los animales en general. Y tú, ¿de vacaciones? -cambió él de tema, a las mujeres preciosas le era muy difícil mentirles.
-Yo sí, con un grupo de amigos. Hemos alquilado una casa rural cerca de aquí.
Corrían al mismo ritmo, sus pasos se compenetraban como los legionarios españoles en un desfile de tropas. Sus cuerpos subían y bajaban a la vez, sincronizados, perfectamente sincronizados. De vez en cuando sus brazos se rozaban y a ambos se les erizaba el bello. Quienes les hubiesen visto así habrían pensado que hacían muy buena pareja. Una pareja compenetrada desde hacía años, compartiendo la misma afición, felices, dichosos, enamorados el uno del otro. Ambos jadeaban. Habían aumentado el ritmo sin darse cuenta y a cada paso les costaba más articular palabra.
-¿Paramos? -le preguntó él, con la esperanza de poder hablar sentados, reposando, de conocerla para amarla.
-¿Cansado? -preguntó ella, coqueta, exponiéndole su hermoso cuello para apartarse el pelo pegado a su cara por el sudor.
-¿Yo? ¿Cansado? -preguntó él extrañado-. ¿Quieres correr? Pues corramos -la retó.
Ella rió.
-Corramos pues -respondió, aceptando el reto como si de un duelo medieval se tratase, uno de esos duelos en los que sólo hay un ganador, en los que uno sólo puede quedar en pie.
Ella sprintó y él la siguió. Tenía buen estilo, mejor que el de natación, observó. Como observó también su trasero, no pudo evitarlo. Glúteos firmes, duros, redondos, glúteos de atleta que subían y bajaban al compás de una bella melodía. El Bolero de Ravel sonó en su cabeza. Una atleta completa. Se puso a su lado. El esfuerzo le hizo comenzar a sudar.
-¿Una vuelta al lago? -le preguntó Álex.
-Me parece bien -respondió ella, apretando el paso.
Álex la seguía bien, sin cansarse mucho. Iban a la par, y el uno escuchaba la respiración rítmica del otro.  Ángela se sintió de pronto actriz de una de esas películas romanticonas hollywoodienses que tanto gustaban a las adolescentes, y a las no tan adolescentes. Los dos jadeando, uno al ladro del otro, enamorados, felices. Enamorada no, pero sí feliz. No sabía muy bien por qué pero se sintió feliz, dichosa por practicar deporte con él, de correr a su lado, de ver como su musculoso pecho aumentaba y disminuía de tamaño a cada segundo, de ver sus brazos y sus piernas depiladas moviéndose ágilmente adelante y atrás, bronceado su cuerpo, empapado en sudor. Su pecho la excitaba. Y sus definidas piernas, y su semblante serio, con las gafas de sol puestas, acompasando la respiración al ritmo. Vio como él la pasaba y apretaba el paso. Ella le miró a los ojos y sonrió. Él la miró a los ojos y sonrió. Le hizo un gesto con la cabeza, retándola a seguirle. Trato hecho, pensó Ángela. No era de esas mujeres que se dan por vencidas a las primeras de cambio. Hubiese sido un temible samurai, pensó él. Álex estimó que el ritmo impuesto sería de cuatro minutos el kilómetro. No creo que aguante mucho más, pensó. Era competitivo y exigente con sigo mismo, no le gustaba perder, pero sabía reconocer un buen contrincante, y Ángela era de los mejores contrincantes con los que se había encontrado, con los que había corrido. Inconformista, competitiva, batalladora. Ella se puso a su lado, demostrándole así que no iba a darse por vencida tan fácilmente. Llegaban ya a la mitad del recorrido y seguían a la par. La respiración de ambos había aumentado de frecuencia. De vez en cuando se miraban el uno al otro, sonriendo, simulando no estar aún cansados, intentando descubrir las fuerzas que a su contrincante le quedaban para apretar algo más el ritmo o guardárselas para el sprint final. Ambos tenían mucho fondo, claramente estaban acostumbrados a hacer un gran esfuerzo físico regularmente. El deporte lo era todo para ellos. Su manera de desconectar del mundo, de sus problemas personales, de todo. Sólo el asfalto o el agua, el viento y ellos. Nadie más, aunque corriesen por Hollywood Boulevard un caluroso día de agosto. Llegaban a la recta final y él volvió a apretar el paso. Ella se mordió ligeramente el labio inferior y lo siguió, aunque dos pasos por detrás. En ese momento supo que no ganaría.
Al llegar al claro donde poco antes se habían conocido, ambos quedaron exhaustos, flexionados, apoyando las manos en sus rodillas. Jadeaban, como si acabarán de hacer el amor toda la noche. Las gotas de sudor caían desde su nariz al césped. Él giró su pequeña cabeza para mirarla, para excitarse viéndola jadear, agachada, con su firme pecho sudado, sus piernas sudadas, su nuca empapada en sudor, aún con la gorra puesta. Ella levantó la cabeza para mirarlo, para excitarse viéndolo jadear, agachado, con su musculoso pecho depilado sudado, sus piernas sudadas, su nuca empapada en sudor, aún con la gorra puesta.
-Mañana natación -le dijo, le exigió.
Él sonrió, enseñando su perfecta dentadura.
-Acepto -dijo.
-Me voy -dijo ella tajante.
Sonrió. Supo que Ángela era de esas mujeres, decididas, seguras, de esas mujeres que saben lo que quieren, cuándo lo quieren, dónde lo quieren y por qué lo quieren. A decir verdad era la primera vez que conocía a una mujer así, aunque le habían dicho que existían. Si aquella mujer no era la mujer de su vida, se le parecía mucho. Mucho, mucho. Ángela le dedicó una sonrisa, se irguió y comenzó a correr.
-Hasta mañana –gritó-. A las cinco, aquí.
-Trato hecho -gritó él-. Mi musa -pensó.
Con sonrisa bobalicona corrió hasta su hotel. El objetivo salía a cenar. Aunque su turno era el de mañana, Cándido, aquel era su nombre en clave, le había pedido por favor que le sustituyese aquella noche. Según él había quedado para cenar con una preciosa mujer que había conocido en el mercado. Casado y con dos hijos, no era cuestión de dejar escapar una oportunidad así por una mierda de misión que medio país deseaba que fracasase. Álex estuvo tentado a decirle que no, detestaba a aquellos desgraciados que eran capaces de enviarlo todo a la mierda, incluso su familia, por cuatro polvos de mala muerte. Pero también sabía que lo haría igualmente, le sustituyese o no, y si aquella noche era la escogida, los tres, también Cándido, tendrían que rellenar montañas de papeleo y dar un sin fin de explicaciones a sus superiores, que seguramente buscarían un cabeza de turco por el fracaso de la vigilancia.

Al llegar a la habitación abrió la neverita y de un trago se acabó la bebida isotónica sabor naranja que guardaba para después de los duros esfuerzos físicos. Decidió tomarse un relajante baño y pensar en lo ocurrido, meditar sobre ello. Por su cabeza rondaban las últimas palabras del comisario, amenazándole con el despido si volvía a cagarla. Pero Ángela no era ninguna cagada. No tenía nada que ver con el asunto que le ocupaba y en su tiempo libre, si lo tenía, podía hacer lo que le diese la gana. Aunque jamás lo reconoció en público, admitía para sus adentros que enamorarse de Svetlana había sido un error y se juró que no volvería a tropezar con aquella piedra. Una es de inexperto, dos es ser un imbécil. Se conocía bien y sabía que otro día como aquel con Ángela haría que se enamorase perdidamente de ella. Por eso y por lo de Svetlana, se repetía una y otra vez que no debía enamorarse de Ángela. No debía por él, por ella, por su trabajo, por su futuro, por su repetitiva costumbre a cansarse de un juguete nuevo cuando ha conseguido que papá se lo compre, por sus confusos sentimientos, porque aquella relación tenía los días contados, cinco para ser exactos, porque un rechazo de ella sería fatal, catastrófico. No, no debía precipitarse, debía ser racional. Pero no podía evitar pensar en ella, no quería quedarse con las ganas de probar el dulce merengue de su cuerpo copado con dos moras rojas, pequeñas y suculentas, que le incitaban a imaginársela en todo su esplendor, desnuda, bella, inocente, frágil, caritativa, sumisa. Ángel y demonio luchaban en el interior de su mente a vida o muerte, con mandobles medievales, anchos y largos, haciendo saltar chispas cada vez que chocaba una espada con la otra. Haciendo honor a su nombre, escogió al ángel y se preguntó por qué no, qué podía pasar mientras hiciese bien su trabajo. Si algo tenía claro era que no quería arrepentirse toda su vida de no haberlo intentado. Podía arrepentirse de lo hecho, y se arrepentía de muchas cosas, aunque esas cosas le habían hecho un hombre, ser como era, y le gustaba como era, ahora se gustaba. Pero arrepentirse de lo no hecho, preguntarse día sí y día también si hubiese sido así o asá, si se hubiese atrevido a decir aquello o lo otro, a actuar de manera distinta a como lo hizo, era de idiotas, y él no quería ser un idiota. Más vale un segundo bueno vivido que la incertidumbre de no saber si aquel segundo no vivido podría haber sido bueno o malo. Más valía una noche con Ángela que mil noches solo, pensando en ella, en qué estaría haciendo, en qué estaría pensando, si pensaría en él o no. Por lo menos, una noche, un segundo vivido junto a ella le daba la seguridad de que Ángela le recordaría para siempre, bien o mal pero le recordaría, ocuparía un pequeño lugar en su mente, en su corazón. Y eso valía más que todo el oro del mundo. Miraba los cutres azulejos del baño, con flores de lis blancas, minúsculas dibujadas sobre un fondo amarillo claro, y en los que se reflejaba su perfecta silueta, como una fotografía de su cuerpo superpuesta en el fondo de escritorio de un ordenador, como una visión fantasmal que en vez de miedo producía placer verla. Mucho placer. Demasiado placer.
V



Presta el oído a todos, y a pocos la voz.
Oye las censuras de los demás;
pero reserva tu propia opinión.





Ella, hasta llegar al caserío, estuvo pensando en su verdadera profesión, lo de observar pájaros no había colado, podría haber sido un poco más original, pensó. También pensó en si  querría casarse algún día, si le gustaría tener hijos, qué aspiraciones profesionales tendría. Adivinar su interior, ya que el exterior ya lo conocía, lo tenía memorizado, y la excitaba. En las duchas, Ángela cuchicheaba con sus amigas sobre el fugaz encuentro con Álex después de oír las citas de Sara y Teresa, separadas por muros de tochos envueltos en azulejos cuadrados y marrones que hacían que tuviesen que gritarse para oírse mientras el agua recorría sus jóvenes y esbeltos cuerpos.
-Qué suerte tienes -exclamó Sara-, el mío ni siquiera se recorta los pelos de la nariz.
Y las cuatro rieron.
-Para algo es la favorita de Pol -dijo la envidiosa de Noa.
Ángela ignoró el comentario, todas conocían su fama de arpía pero también su estatus en aquella profesión, era la mejor en lo suyo. Además, junto a Pol, estaba al frente de aquella camarilla de colegas que pasaban unos días en un enorme caserío que durante el resto del año acogía a niños en edad escolar y a sus profesores y en el que pasaban unos días de colonias.
-¿Y de qué habéis hablado? -preguntó la novata Teresa.
-De nada -respondió Ángela-, sólo hemos corrido.
-¿Quedas a solas con el objetivo y sólo le has sonsacado que trabaja observando animales, algo que sabemos todas que es mentira? -le recriminó Noa.
-Mi objetivo es otro, como tú bien sabes, no sacarle información sobre su vida privada, eso importa una mierda -se picó Ángela.
-En eso tiene razón -repuso Teresa-, ya lo sabemos todo de ellos, simplemente tenemos que… mantenerlos ocupados.
Y salvo Noa, todas rieron.
-Sí, y también es cierto que Ángela es la más suertuda de todas -dijo Sara-, y la comprendo, con ese cuerpazo yo no le dejaba decir ni hola.
Y volvieron a reír, todas menos Ángela. No era sólo un cuerpo bonito, tuvo ganas de decir. Eran sus ojos, sus profundos ojos azules, los que insinuaban algo más, algo como carácter, valor, sosiego, integridad, inteligencia, incluso podría llegar a ser un buen padre, se dijo. Era aquella sensación de sentirse única a su lado. Él la hacía sentirse especial, amada, risueña, feliz. Deportista, funcionario, exigente consigo mismo, atento, educado, todo un caballero. Sí, podría enamorarse de Álex, podría estar enamorándose de aquel pura sangre andaluz apodado Álex. Lástima que no pueda ser, se dijo. Lástima que sea imposible. 

VI



La gota horada la roca,
no por su fuerza sino por su constancia.





Eran las cinco y Álex esperaba en bañador la deseada aparición, bella aparición de Ángela. Ella no tardó en llegar. Puntual, pensó él, me estoy enamorando, se dijo con sorna. Le gustaba bromear, incluso se bromeaba a sí mismo muchas veces, pareciendo un chalado que ríe por nada mientras camina hacia ninguna parte. Lucía, como el sol, un bañador de cuerpo entero color azul, casi negro, bajo un pantalón blanco de algodón y una camiseta azul cielo ceñida a su modélico cuerpo. Llegaba en mountain bike, roja, parecía nueva, o poco usada. Incluso el casco le daba glamour. Nada le quedaba mal a Ángela. Él la esperaba sentado, con un pantalón de deporte rojo y una camiseta blanca, impoluta, que realzaba su bronceado y sus preciosos ojos azules, ojos de niño, de inocente, de no haber roto un plato jamás. Después del cordial saludo, dos besos en la mejilla, no se anduvieron con preámbulos y fueron directos al grano.
-¿Cómo lo hacemos? -preguntó él levantándose.
-Ida y vuelta -le dijo.
-Me parece bien.
Se quedó paralizado cuando la vio, cuando la observó desvestirse.
-¿No te quitas la ropa? -le dijo ella sonriendo, sabiendo lo que pensaba, y por ello recreándose al quitarse la camiseta, al estirar sus brazos para que sus pechos sobresaliesen de su torso.
Él empezó a desvestirse, rojo de vergüenza, o de excitación, o de ambos sentimientos a la vez.
-¡Ya! -dijo ella, corriendo hacia el agua para un segundo después lanzarse de cabeza con estilo, fino, como ella, fina.
Esta vez Álex no pudo ganar, no quiso, mejor dicho. Simuló una rampa en el gemelo poco antes de llegar a la meta. Sin pensárselo dos veces, ella lo llevó delicadamente hasta la orilla, apoyándole su cabeza en su fibroso pecho y sujetándole el mentón con la mano izquierda mientras con la derecha remaba para llegar a su destino, como si también hubiese sido socorrista en alguna etapa de su vida. Perfecta, se dijo Álex, todo lo hace bien, perfectamente bien, como ella. La perfección reposaba tímidamente en el cuerpo de Ángela como los jilgueros se posan en las ramas de los árboles, sin que éstas noten su presencia, ni su peso. Y allí estaban, él tumbado boca arriba, sobre los fuertes muslos de ella, mirándola fijamente a los ojos, ojos grises como el misterio, su misterio.
-Debo haber sido ridículo -le dijo él.
-Si querías tumbarte sobre mí sólo tenías que decirlo -y sonrió. Y él también se rió. Y ambos rieron.
-¿Quieres cenar conmigo? -le preguntó.
-Me encantaría -respondió ella.
Quiso preguntarle también si su novio no se enfadaría, pero lo desestimó rápidamente, mejor no saberlo. Ella quería haberle respondido que no, que sus amigos empezaban a sospechar algo, algo malo. Pero su curiosidad por su vestimenta de noche podía más que un enfado de Pol, las recriminaciones de Noa a su comportamiento o las miradas acusativas del resto del grupo, como si con aquella apuesta tuviesen un sesenta por ciento de probabilidades de perderla. Setenta más bien.
-Pero el sitio lo pongo yo. Mañana a las nueve en la casa abandonada que hay saliendo por el sur. ¿Sabes la que digo?
-Creo que sí -respondió él-. La masía de dos pisos que no tiene ventanas. Antes de la gasolinera.
Se había fijado en aquella masía mientras conducía, dirigiéndose al centro comercial, a la pizzería Antonnello, su favorita desde que estaba en la ciudad, trabajando, viendo como cada mañana el senador y la modelo se vestían para bajar a desayunar y acto seguido volvían a subir para acabar lo que habían empezado por la noche.
-Sí -respondió ella-. Yo llevo la comida, tú el vino, tinto.
-Hecho -dijo él.
Se miraron fijamente, con pasión, con ternura, con deseo, con lascivia. Aquel hubiese sido el momento perfecto para un beso. Cabellos mojados, cuerpos mojados, 30 grados y ni una sola nube en el horizonte. Un momento de película, de comedia romántica hollywoodiense.
-Me voy -dijo ella-. Mañana a las nueve.
Y esta vez le lanzó un beso y le guiñó un ojo, el derecho. En ese momento él supo que se había enamorado.
De nuevo con sonrisa bobalicona volvió a su hotel, se duchó y se vistió cómodo para salir a cenar. El objetivo pasaría la noche en su habitación con la putilla que se había traído de la ciudad y a las seis de la mañana debía relevar a Felipe en el puesto de vigilancia, una habitación de un hostal barato cercano al hotel de cuatro estrellas en el que se alojaba el senador. Una morenaza, modelo, que conoció en la Pasarela Cibeles. La muy ilusa creía que el objetivo se había enamorado de ella y se creía ya que aquel hombre la retiraría para siempre. Y en cierto modo no iba desencaminada, pero de otra manera. Se puso los tejanos y una camiseta verde, con bambas a juego, para acto seguido salir hasta la calle y coger su moto alquilada, una Scooter de 400 c.c., para dirigirse al centro comercial de las afueras, donde había descubierto su exquisito italiano. Aquella vigilancia le estaba matando. Se lo podrían cargar ya de una vez, pensó, tampoco perderíamos mucho. O a ella, a la que tampoco la lloraría nadie, todos sabemos cómo llegó a ser Mis Cantabria y primera Dama de honor de Mis España.

VII



El deseo nos fuerza a amar lo que nos hará sufrir.
Marcel Proust





Álex estaba nervioso, como un quinceañero en su primera cita. Había llegado un cuarto de hora antes de la hora convenida para inspeccionar el lugar, costumbre profesional. La masía era antigua, paredes de piedra, vigas de madera y tejado a dos aguas. Abajo, lo que fueron los establos, o el granero, en su día. Arriba dos habitaciones pequeñas, comedor y cocina en la misma estancia y una chimenea por la que podía verse el cielo violeta del anochecer si asomabas la cabeza. Había algunos vidrios rotos de lo que parecían restos de botellas de cerveza que Álex apartó con el pie hasta una esquina. No había ventanas, ni puertas, ni nada que advirtiese que aquel lugar estuvo una vez habitado. Sólo el esqueleto, sin sus entrañas. Posó en el suelo el Ribera del Duero y la alfombra que traía bajo su brazo izquierdo. No era muy  grande, justa medida para que dos personas pudiesen estirarse en ella. Bien lisa, en el suelo, visualizó el dibujo. Perros, ciervos y hombres a caballo, típica estampa de un día de caza. De pie, esperó ansioso la llegada de Ángela. Puntual, como los dos días anteriores, Ángela apareció por la puerta del piso superior llevando con ella una neverita portátil negra, individual. Esta noche me quedo con hambre, pensó él.
-Hola -dijo ella sonriendo.
-Hola -respondió él sonriendo, acercándose a la joven para cogerle la neverita y posarla sobre la alfombra.
-Un Ribera del 96 -dijo Ángela observando la botella de vino que bailaba sobre la alfombra-. Veo que sabes de vinos.
-Y tú también -respondió él-. Por cierto, estás preciosa -dijo.
Lucía minifalda blanca, casi transparente, que dejaba intuir el tanga color carne que llevaba debajo y sus duros glúteos de atleta, camisa roja abierta, justo por encima del broche del sujetador, y sandalias a juego. Sencilla, provocativa, sexy fue finalmente como la describió él.
-Gracias –respondió algo sonrojada-. Tú tampoco vienes mal -dijo guiñándole un ojo.
A decir verdad vestía justamente como se lo había imaginado, la experiencia le hacía conocer a un hombre con tan sólo mirar sus ojos. Tejanos azules, deportivas blancas y camiseta blanca con un desproporcionado cuello de pico que dejaba entrever su pecho tan perfectamente depilado.
-¿Nos sentamos? -dijo él mientras se disponía a abrir el vino.
-Perfecto -exclamó ella. Una vez abierto el vino, Álex cayó en la cuenta que se había olvidado de comprar vasos. Ángela sonrió.
-No me esperaba esto de ti -dijo.
-Ya ves -respondió él-, nadie es perfecto -y ambos rieron.
-¿A morro? -preguntó él.
-A morro -respondió ella, divertida con la situación-. Un Ribera de 40 euros a morro -rió-. ¡Jamás lo hubiese imaginado!
-Yo tampoco -dijo él.
Ambos rieron, divertidos con tan inverosímil situación. Ángela bebió primero y le pasó a él la botella, que sorbió poco y la dejó sobre la alfombra, cerca de la fiambrera.
-¿Y qué cenamos? -preguntó él.
-Tortilla de patatas y lomo rebozado -dijo Ángela.
Álex no pudo remediar una fuerte carcajada. Aquella cita era insólita. Masía abandonada, Ribera a morro y tortilla y lomo, lo típico que preparaba su madre cuando de pequeño la familia pasaba los domingos en la montaña. Ángela adivinó sus pensamientos y también rió, fuerte, con ganas.
-Nunca había tenido una cita como ésta -dijo él, sonriendo.
-Sí -dijo ella-, cualquier catador de vinos nos daría un buen azote.
-Lo decía por la compañía -dijo él.
Ella se sonrojó.
-Anda zalamero –exclamó-, come y calla -dijo pasándole el Tupper, el tenedor, el cuchillo y la servilleta.
-¿A qué te dedicas? -preguntó él llevándose un trozo de tortilla a la boca.
-Soy profesora en un colegio privado de Barcelona -respondió.
Álex pudo oler su mentira antes de que acabase la frase. Está claro que ambos evitamos dar detalles de nuestra vida privada, pensó. Por eso cambió de tema, asumiendo sus misteriosos roles.
-¿Te estás divirtiendo aquí?
-Mucho -contestó ella-, sobretodo después de conocerte.
-Anda ya zalamera -exclamó él-, bebe y calla -le dijo pasándole la botella de vino. Ella sonrió.
-¿No eres ornitólogo, verdad?
-Ni tú profesora, ¿verdad?
Ángela asintió, valorando las cualidades detectivescas de Álex. Me gusta, se dijo, me gusta mucho este hombre.
-Nadas muy bien -dijo ella.
-Gracias, de pequeño hice natación.
-No me creo que sólo hicieses natación -dijo Ángela-. Yo competía en natación, incluso llegué a ganar algún campeonato a nivel autonómico, y sé reconocer a un buen nadador. Me atrevo a decir que incluso competiste a nivel nacional.
-Puede -respondió él con modestia.
-¿Puede?, insultas mi inteligencia -le recriminó-. ¿Crees que no sé que ayer te dejaste ganar?
Álex sonrió.
-Pensaba que... 
-Me gusta ganar, es cierto, pero también sé perder, así que para la próxima vez espero que no hagas ninguna tontería como simular una rampa en el gemelo -dijo Ángela algo enojada.
-Muy bien, tomo nota -dijo él-. ¿Y lo de correr?, tienes también un buen estilo.
-No siempre hay una piscina al alcance de una –dijo-. ¿Y tú? ¿También campeonatos nacionales?
-No -respondió tajante-. Lo de correr es un hobby barato. Simplemente me gusta, desestresarme, olvidarme de todo durante un par de horas.
-¿Algún hobby más que quieras comentarme? -preguntó ella con curiosidad-, ya que de nuestra vida profesional no podemos hablar...
Él sonrió.
-Cierto –dijo-. Siendo así te diré que me gusta esquiar, y muy de vez en cuando me escapo a Tenerife a coger olas.
-¿Surfero? -dijo ella extrañada-. Lo del esquí lo imaginaba pero no te veo con rastas y una furgoneta a lo Scooby Doo.
Él rió.
-Yo tampoco me imagino con rastas -dijo pasándose una mano por su rapada cabeza.
Se quedaron callados un instante. Es muy hermoso, pensó ella. Es muy hermosa, pensó él. Se miraban fijamente a los ojos, sin vergüenza, sin pudor alguno, cómodos con la presencia del otro, como si se conociesen desde pequeños, con esa paz que da saber que hagas lo que hagas y digas lo que digas te será perdonado, o comprendido. Con esa paz interior que da el saber que puedes ser tú mismo sin ser reprochado, porque todo se perdona y se entiende, se conoce y se entiende, se asume, para lo bueno y para lo malo, como dicen y mandan los siervos de Dios.
-¿Te gusta? - preguntó ella.
-¿Perdona? - respondió él, absorto en sus adolescentes sueños en los que ambos caminaban felices de la mano y perdían la virginidad en el bosque, bajo una encina o un boj, cerca de un estanque pequeño en el que se oyen las ranas croar y molestan las pesadas moscas que sin ser conscientes de la romántica situación se posan en la piel de uno y otro.
Ella sonrió.
-¿Que si te gusta la cena?
-Sí, mucho.
Me gusta mucho tu compañía, quiso responderle ella. Me gusta porque no hay silencios incómodos, porque nuestras miradas son sinceras, porque eres precioso, porque tu cuerpo me excita sobremanera, porque tengo la sensación de que me perdonarías todo y yo te lo perdonaría a todo a ti. Ojalá me perdones algún día, pensaba mientras observaba sus preciosos ojos azules color océano, Pacífico para ser más exactos. Ojalá llegue el día en que volvamos a mirarnos así, inocentes, sin rencor, empezando de cero, llamándonos por nuestros verdaderos nombres, no por nuestros alias, sabiéndolo todo el uno del otro, pasado, familia, amigos, enemigos. Álex vio una sonrisa melancólica en el rostro de Ángela que le hizo preguntarse por sus pensamientos.
-¿Más vino? -le preguntó. Ella asintió-. ¿Qué hay de postre?
Tú, tuvo ganas de decirle. Tu pequeña boca, tu lengua, tu fibrado pecho depilado, tus duros pezones, tu apetitoso cuello, tu sexo, tu cuerpo entero lamería como cuando de niña lamía una bola de vainilla y mordería como mordía la galleta del cucurucho bañada en chocolate, quedándome medio helado alrededor de la boca, como me quedaría tu olor y tu sudor alrededor de la mía. Despacio, saboreando cada lametazo, recreándome en tu piel, en tus ojos, disfrutando de tus gemidos, de tus excitantes silencios, haciéndote morder el labio inferior de puro placer. Eso habría de postre si tú quisieses.
-Nada -dijo ella sonriendo-. Con las prisas se me olvidó.
-¿Puedo besarte? -le preguntó inesperadamente, sentados uno frente al otro.
Ángela se quedó en blanco. Era la primera vez en su vida que la cogían desprevenida, desarmada, sin saber qué decir. En silencio, asintió. Aquel beso no entraba en sus planes, ahora debía improvisar, dejarse llevar por la brisa fresca de su aliento. Él se acercó despacio. A Ángela le pareció que tardaba una eternidad en posar sus labios en los de ella. Estaba excitada, muy excitada. Notó como sus pezones se endurecían y su sexo se humedecía. Y ni siquiera me ha tocado, pensó. Ojalá me perdones algún día, mi amor, se decía una y otra vez. Él la besó, lentamente, suavemente, como jamás había besado a mujer alguna, porque Ángela no era como el resto de mujeres, porque era única y porque sin saber nada de ella se había enamorado como un idiota, como un principiante, un adolescente virgen, de intenciones puras, para toda la vida, iluso. En aquel preciso instante le perdonaría todo, y todo es todo. Observó sus ojos de cerca, atentamente, y pudo distinguir por primera vez una aureola amarilla alrededor de sus pupilas. Un amarillo claro. Pudo ver el sol en sus ojos. Con ambas manos, ella acarició su nuca, suavemente. Podría haberle cogido las manos, o tocado sus muslos, o rozado su cara, pero inconscientemente sus brazos rodearon la presa para no dejarla escapar. Para que aquel soñado beso no terminase nunca. Oh mi amor, se decía, ojalá me perdones algún día y volvamos a ser los de esta noche. Después, él deslizó sus labios hasta el oído de ella y le susurró un lo siento que la estremeció. Sentía la precipitación, la pregunta de si podía besarla. Lo sentía todo lo que de ahora en adelante pudiese pasar o cómo la hiciese sentir.
-No lo sientas, mi amor. No sientas nada de lo que pase -respondió Ángela casi jadeando.
Álex, muy despacio, saboreó su cuello. Olía a rosas frescas bañadas por el rocío. Su joven cuello, liso, perfecto, propio de Atenea, de Hera, de Niké, de Afrodita, de Artemis, o un compendio de cuellos de diosas clásicas, semidiosas, ninfas, musas y sirenas de todas las civilizaciones que a lo largo del tiempo ocuparon la Tierra y fueron colmadas de sacrificios y veneradas por su belleza. Un cuello blanco, débil, jugoso, apetecible, que finalmente mordió. Y ella gimió de placer. Álex notó su bello erizado y al morder su yugular ella se estremeció y paralizó. Había encontrado su punto débil. La había desarmado otra vez.
-Ámame -le susurraba entre gemido y gemido-. Ámame siempre.
Excitado, contó sus costillas con el torso de su dedo índice, una por una, despacio, infinitamente despacio. Después, posó su mano en la nuca de ella y la estiró sobre la alfombra, en silencio, poco a poco, con movimientos cuidados, ensayados infinidad de veces, como actúa un cazador cuando distingue a su presa entre la maleza, con mucho sigilo. O los artificieros al desconectar una bomba a punto de estallar, sudando, rezando a Dios para que todo saliese bien. Conocía aquella situación y decidió ser el artificiero improvisado que fue en su día. Se puso encima y recorrió con su lengua la garganta y su pecho escotado. Ella le acariciaba los tensionados brazos, los bíceps, los marcados tríceps. Sin poder estar quieta le sujetó fuertemente de las manos para que no escapase.
-Espera - le dijo.
La joven se incorporó y se quitó el jersey y los sujetadores. Estaba muy excitada. En sus pensamientos se comparó a una perra en celo que busca a su macho favorito y le pone el trasero para que la monte sin perder el tiempo en olisquear. Soy una perra cachonda, se dijo. El término le divirtió y sonrió. Después besó apasionadamente a Álex, con lengua. Él se dejó hacer. No había podido evitar palpar con sus suaves dedos los firmes pechos de Ángela. Sí, eran justamente como se los había imaginado, redondos, duros, perfectos, con pezones sonrosados y pequeños. Ella bajó la boca hasta su pecho y él gimió de dolor cuando ella le mordió un pezón. Le gustó, le gustó mucho. Se notó su miembro duro, hinchado, a punto de explotar. Entonces la giró bruscamente, se bajó los pantalones, los calzoncillos boxer, le subió la falda, le apartó la goma del tanga a un lado y sin esperar aprobación alguna le introdujo el miembro en su mojado sexo, cogiéndole del cabello con rabia.
-Jódeme cabrón – gritaba ella-, jódeme bien, cabronazo. Hazme olvidar todo, haz que te recuerde para siempre.
Al poco él paró en seco. Adivinando sus pensamientos, ella lo tranquilizó.
-No te preocupes -dijo-. Tú sigue dándome, me encanta tu polla.
A tomar por culo, pensó, vale la pena el riesgo, ella. Ella lo vale todo, incluso mi vida. Ángela se salió y se dio la vuelta ágilmente para colocarse debajo de él. Quería tocar, agarrar, arañar su suave trasero, sus anchas espaldas. Le mordía el cuello, la boca, los brazos, la nariz, todo lo que se cruzaba por su rostro. Jamás había estado tan excitada, cachonda como una perra en celo, y jamás volvería a sentirse así, querida, amada, deseada, extremadamente excitada. Él gritó de dolor al notar como sus cuidadas uñas desgarraban su espalda. Ella se mordió con rabia el labio inferior de puro placer. Al saborear su sangre no pudo remediar morder la boca de él hasta hacerla sangrar para luego besarlo apasionadamente.
-Tú y yo -le susurró al oído-, para siempre, para lo bueno y para lo malo. Córrete mi amor, córrete dentro.
El vaivén corporal incrementó su ritmo hasta tal punto que la compenetración se hizo imposible. Ella gemía de placer. Le agarraba su trasero duro y depilado para que Álex no tuviese la tentación de sacar su miembro en el momento más inoportuno. Lo quería dentro, todo, hasta el final, notar su calor en su interior. Ambos gimieron y resoplaron a la vez. Sin sacarla aún, Ángela se puso encima y comenzó a besarle con desesperación por toda la cara, rápidamente, como si el tren, todavía con las puertas abiertas, empezase poco a poco a abandonar la estación y su despedida fuese para siempre. Llegó el final, a la vez, juntos, increíblemente juntos, sudados, resbalándose el uno por el otro hasta caer rendidos. Ella pasó su brazo por debajo de su cuello, se le acercó y le besó apasionadamente. Álex no dijo nada, correspondió el beso, en silencio, feliz, agotado por el esfuerzo físico. Muy feliz. Entonces pudo ver dos lágrimas que resbalaban por sus sonrojadas mejillas y las sorbió delicadamente.
-¿Lloras? -le preguntó en voz baja, susurrándole al oído.
-Sí, de felicidad.

VIII



La duda en el amor acaba por hacer dudar de todo.
Henry F. Amiel 





Al llegar a la habitación del hotel donde estaba alojado, se duchó y desnudo se estiró en la cama. No iba a poder pegar ojo, presintió. Su cabeza parecía un tiovivo lleno de caballos, coches y motos de fibra de vidrio, con sus bocinas sonando y la música de moda de fondo. ¿Qué debía hacer? ¿Qué cojones representaba que debía hacer ahora? Se había enamorado como un imbécil de una mujer que conocía de ocho, diez horas a lo sumo. No sabía nada de ella, ni tan siquiera si sería posible volverla a ver. No quiero perderla, se dijo. En el viaje de fin de curso de primaria un profesor le cogió un día aparte y le aconsejó que a lo largo de su vida probase todo tipo de mujeres, guapas, feas, delgadas, gordas, mandonas, sumisas, todo tipo de mujeres, sólo así sabría en su momento qué mujer sería la idónea para él, para pasar el resto de sus vidas juntos sin caer en la monotonía, en el desencanto, en el conformismo, en el estúpido silencio de aquellos que creen que no pueden contarse nada más, que lo conocen todo el uno del otro y no desean preguntar por creerse saber la respuesta. Álex había tomado aquel consejo y lo había llevado a la práctica, ayudado por su atractivo físico. Y lo tenía claro, quería una mujer con la que poder ser él mismo. También tenía sus defectos y por ello necesitaba a su lado a una mujer comprensiva, que supiese escuchar, divertida, educada, sociable, inconformista, segura de sí misma, muy segura de sí misma, ya que su trabajo, y su hobby, le obligaba a conocer a infinidad de mujeres, a intimar con ellas. A la vista estaba. Quería una buena madre, una buena esposa, una buena amiga. No se conformaba con cualquier buena mujer, quería la perfección, como perfeccionista que era. Lo tenía muy claro, y también tenía claro que preferiría estar solo a estar por estar. Pero al conocer a Ángela supo desde un primer momento que ella sería esa mujer. Atractiva, inteligente, divertida, deportista, con inquietudes, curiosa, aunque no chismosa, con carácter, decidida, segura de sí misma, sincera, charlatana, aunque no cansina. Perfecta. Perfecta para él. Pero debía renunciar a ella a pesar de todo. Las circunstancias de la vida le obligaban a tener que olvidarla. Supo en ese mismo instante, cuando repasaba mentalmente sus cualidades, que jamás encontraría a una mujer como ella. Era Ángela o la soledad, la eterna soltería, porque sin poderlo remediar la compararía a todas las mujeres que pasasen por su alcoba en un futuro y sabía que todas perderían. Sabía que ninguna podría darle en mil años lo que Ángela le había dado en tres días. Y ahí estaba, desnudo, con su piel bronceada aún mojada, estirado sobre la estrecha cama de su habitación, pensando qué hacer sin poder hacer nada. No dependía únicamente de él. También dependía de ella. Dependía de ambos, de uno o de otro. Uno de los dos debería dejar su vida, su trabajo, sus amigos, su familia, dejarlo todo por amor, un amor que, seamos realistas, un día u otro se acabaría, se volvería espeso, aparecería la neblina para no dejar pasar los rayos del sol, ese sol que parecía relucir en sus preciosos ojos, para no ver más allá de la nariz, para intuir un horizonte negro, lluvioso, frío, triste. Una enorme cascada por la que te precipitas al vacío, a la muerte segura, tras remar días y días apaciblemente por un lago en calma, sin olas, sin altos ni bajos, sereno. Una cascada que no avisa, que te lleva a ella sin que te des cuenta hasta que ya es demasiado tarde. No, no podía pedirle a Ángela que lo dejase todo por él, y tampoco él quería renunciar a su cómoda vida por ella, por el temor a que la cascada, tarde o temprano, le llevase a un precipicio rocoso de final fúnebre, a un túnel sin salida, lleno de ratas con ojos rojos, de cucarachas grandes marrones e infinitas antenas moviéndose de un lado a otro, de cuervos con afilados picos y sonoros graznidos, de buitres sin compasión, picoteando la presa cuando ésta aún está viva. Sé racional, se decía. No puedes, ni debes dejarlo todo por ella, aunque sea la mujer perfecta. Si ella existe, posiblemente haya otra igual. Pero no, no te engañes, se decía. Ángela sólo hay una y era esa Ángela a la que amaba. Llegó entonces la resignación. Mejor haber conocido y perdido que no haber conocido jamás. No recordaba de quién había leído aquella frase pero en aquel momento de resignación la hizo suya. He sido feliz cinco días, dejémoslo ahí.

IX



El error es a veces más generador de acción que la verdad.
Gustavo Le Bon





-Tenemos que actuar ya -dijo Noa.
-¿Qué? -preguntó extrañado Pol-. Imposible, no estamos preparados. ¿A qué viene tanta prisa?
-Ángela se está enamorando, si no lo está ya.
-¿Qué? Maldita zorra -exclamó-. ¿Estás segura de lo que dices?
-No has visto el vídeo, ¿verdad? Pues mejor no lo veas, hazme caso.
Pol caminaba de un lado a otro de la habitación reconvertida ahora en sala de operaciones, con las manos en la cabeza y dando patadas a todo mueble que se cruzaba en su camino.
-Joder, joder, joder -no paraba de decir-. Sara y Teresa, ¿cómo lo llevan?
-Ellas bien -respondió Noa fríamente-, sin problemas.
-Algo es algo. ¡Joder! ¿Cómo ha podido pasar?
-¡Por el amor de Dios, Pol! Te leíste su historial. Escogimos a Ángela por eso mismo, coincidían en gustos. Sabíamos que esto podía pasar. ¿Lo has visto? Si hasta yo me enamoraría de él.
-¡No me jodas, Noa! También escogimos a Ángela porque era la mejor, ¿recuerdas? La fría y calculadora Ángela. ¿Cómo ha podido pasar? ¡Joder! -Pol dio un manotazo en la mesa-. ¿Y sustituirla?
-¡No digas tonterías! -dijo Noa enfadada-. El otro, Cándido, ya le cambió un turno para irse con Sara. ¿Te imaginas que averiguasen que los tres tienen una amante? No son idiotas. Se iría todo a la mierda. Además, está tan colado por ella que dudo mire a otra mujer en mucho tiempo. Tenemos que actuar ya.
-¿Dónde está?
-¿Quién, Ángela? -Pol asintió-. Con él, la llevaba al castillo en moto. Hoy le dirá de verse mañana en la masía abandonada para pasar la última noche juntos.
Pol se sentó, se frotó la cara con las manos y resopló.
-Llama a Jon y a Son. ¡Que vengan ya! No hay tiempo que perder. 

X



Felicidad es el sueño del amor y tristeza su despertar.
Madame Basta





Estaban sentados en el semiderruido adarve, ella con las piernas cruzadas, él flexionadas, rodeándolas con sus brazos, pensativo. El lago, a sus pies, y los árboles alrededor hacía que las vistas desde allá arriba fuesen de cuento de hadas, de romanceros medievales cantados por juglares buscavidas, con un público exclusivamente femenino, que escuchaban atentamente la historia de amor de Tristán e Iseo o las aventuras del valiente Perceval, que protegen a su amada en densos y peligrosos bosques. Hacía sol, pero en lo alto del castillo la suave brisa refrescaba el ambiente.
-Deberías estar feliz -le recriminó ella.
Él sonrió, melancólico.
-Debería -dijo serio, sin dejar de mirar el bello horizonte.
Estaba feliz. Quiso decirle que era en aquel momento el hombre más feliz sobre la faz de la tierra. Feliz por tenerla a su lado, por saberse afortunado de que una mujer como ella se hubiese fijado en él. Era muy feliz. Ángela le hacía ver el mundo de otro modo, le hacía sentirse seguro de sí mismo. Tenía la sensación de poder conseguir lo que se propusiese. Si había conseguido a Ángela podría conseguir cualquier cosa, incluso ver la Tierra desde el espacio, hablar con los ángeles, con Cupido, pedirle explicaciones. Era muy feliz, derrotadamente feliz a su lado.
Ella calló, esperó pacientemente a que su bello Zeus se decidiese a hablar, a explicarle qué pasaba por su hermosa cabeza, pequeña y hermosa cabeza. Él, finalmente, decidió abrirle su corazón, porque en su caso, a Álex le habría gustado que ella se confesase a él.
-En tres días vuelvo a casa. Posiblemente no nos volvamos a ver jamás.
-¿Y no es eso lo que queréis los hombres, polvos sin compromiso?
Aquel comentario le dolió en el alma. Supongo, se dijo, que ella no siente lo mismo que yo. Que para ella sólo he sido eso, un polvo de verano, un magnífico polvo de verano, un polvo de ensueño con la mujer perfecta, con la mujer que toda su vida había estado buscando. Ella, con aquellos comentarios se hacía la fuerte. Se creía fuerte. No quería demostrar ni admitir que junto a él se sentía indefensa, dependiente de sus abrazos. Su trabajo no le dejaba ser sincera con ella misma, omitir esa tan temida debilidad que da saberse enamorada. Peligrosamente enamorada. Porque el amor es frágil, te convierte en alguien frágil, con mucho que perder. Te vuelve miedoso, cobarde, dubitativo, inseguro, inexperto, débil, muy débil, como los pétalos de una margarita que al arrancarlos con los dedos, aunque sea suavemente, se rompen por la mitad.
-Yo no soy como el resto de hombres -contestó visiblemente malhumorado, enfadado, decepcionado con el desafortunado comentario de Ángela-. Ni para bien ni para mal, soy distinto al resto.
-Perdona, lo siento -le dijo ella abrazándose a él, a sus anchas espaldas, a sus musculosos brazos, y acercando sus labios a su mejilla derecha.
Álex hizo una mueca de dolor. La espalda aún le dolía por los arañazos que ella le había propiciado la noche anterior.
-No pasa nada -dijo Álex, aceptando la calurosa proximidad de su Venus de Milo.
-Yo también te echaré de menos -le dijo-. Pero a veces es mejor un bonito recuerdo de por vida que la decadencia de la monotonía.
-Puede que tengas razón -reflexionó él-, pero... ¿no tienes curiosidad por saber cómo sería una vida juntos?
-¡Claro que sí!, soy mujer ¿recuerdas? -dijo sonsacándole una sonrisa-. Somos curiosas por naturaleza. Pienso en lo maravilloso que podría ser tú y yo juntos, para siempre, y acto seguido pienso también en que ese recuerdo, nuestra cena de ayer por ejemplo, puede desvanecerse en un plis tras una horrible discusión y su consiguiente portazo. Prefiero el maravilloso recuerdo de una noche de verano a tu lado que el odio hacia ti tras diez, veinte o cincuenta años de relación.
Lo decía pero no lo pensaba. Haría cualquier cosa por pasar el resto de su vida junto a aquel bello, amable, atento y sincero hombre. Jugar con sus rubios cabellos tras hacer el amor, esperar su llegada a casa tras un duro día de trabajo mientras ella preparaba la cena, tener hijos, dos, la parejita si podía escoger, ver una película un frío domingo de invierno, por la tarde, tapados con una manta estirados en el sofá de casa, sacar a pasear al perro juntos, salir a correr juntos, nadar juntos, criticar a los demás sin mala fe, simplemente para divertirse, reír juntos, reírse de todo juntos, pasear por cualquier ciudad europea cogida a su brazo, buscando su protección. Pensó en Verona, la ciudad de Romeo y Julieta. Pero al igual que los adolescentes amantes de la obra de Shakespeare, sabía que el futuro de ambos estaba escrito y sellado, y lacrado. Y ella, muy a su pesar, era su verdugo, la mano que le daría el veneno que le cambiaría la vida para siempre. 

XI



El hombre corriente, cuando emprende una cosa,
 la echa a perder por tener prisa en terminarla.
Lao-tsé





-Tenemos que actuar -les dijo Pol-. Mañana. La cosa se ha complicado. ¿Cómo lo veis?
Sabían que iba en serio, Pol no bromeaba en cuestiones de trabajo. Jon y Son se miraron para meditar la respuesta.
-Difícil -dijo Jon-. Entrar en el hotel está chupado pero los escoltas en la entrada de la habitación... Aún no sabemos como deshacernos de ellos sin llamar la atención. Y también está la chica, la modelo. No se separa del senador ni cuando éste va al lavabo.
Pol meditó el plan. A los escoltas se les podía reducir con dardos tranquilizantes pero la chica era un engorro. Tenía que desaparecer durante toda la noche. Pensó en cómo podría dejar a solas al senador con Ángela durante al menos media hora. A la cabeza le vino el dicho de un clavo saca otro clavo. Llamó a Noa.
-Se me ha ocurrido algo pero necesito vuestra opinión. Noa podría llamar al hotel haciéndose pasar por una Madame, ofreciéndole al senador una de sus chicas, cortesía de la casa, para futuras... relaciones. De esa manera podríamos separar al senador de la modelo.
-Es buena la idea, ya se sabe que vuestro único cerebro lo tenéis entre las piernas -Pol, Jon y Son miraron a Noa despectivamente y ésta captó el reproche y se encogió de hombros, sin disculparse por lo que ella creía una obviedad-. Creo que el senador no rechazará una lata de caviar tras días de lasaña. Se puede intentar.
Jon y Son asintieron. Podía funcionar. Para eso habían llamado a Noa, para que todo funcionase correctamente, como un reloj suizo.
-Bien -dijo Pol-, ponte en marcha. Dile que su chica estará allí a las doce. ¿Y Sara y Teresa? ¿Les has dicho ya que mañana es el día?
-Sí, y ningún problema.
-Recuérdale a Sara que él tiene que estar en su puesto de vigilancia a las dos, más o menos.
-Lo sabe. Dice que simulará que su marido vuelve a casa antes de lo previsto.
-Perfecto. Crucemos los dedos porque de lo que suceda mañana depende que nuestro retiro esté en el caribe o bajo tierra. 

XII



Nada es veneno, todo es veneno:
 la diferencia está en la dosis.
Paracelso





 -¿Qué te pasa?-, le dijo ella, sentada en frente suyo, en el suelo, sobre la alfombra barata con motivos de caza que había comprado en la tienda china, con semblante preocupado-. ¿Te encuentras bien?
Él la miraba fijamente a los ojos, aquellos preciosos ojos grises y alegres. Nada, le respondió. No me pasa nada. La había visto llegar desde el otro lado del hueco que en su día fue una ventana, con una copa de, esta vez, un Burdeos en la mano que aquella tarde había dejado allí para tomarlo fresco. Vestía minifalda negra y un jersey verde de tirantes muy escotado, demasiado escotado para su encuentro, o adhiente, dependía de cómo se tomase aquello que le tenía que decir. Pensó por un momento que le costaría Dios y ayuda concentrarse en mirarla a los ojos y no dejar clavada la vista en aquellos tersos, jóvenes y apetecibles pechos. Iba a pasar un mal trago. Bebió un sorbo de vino negro, en su punto, ni muy frío ni muy caliente.
-A ti te pasa algo, le dijo.
Esta vez él no contestó. Intentó sonreír pero sus labios se quedaron a medio camino entre la seriedad y la sonrisa, mostrando en su rostro una mueca inerte de asco. Él no se veía pero conocía sus expresiones y aquella le daba ahora una apariencia de hastío como ninguna otra, como la que lucen los marineros cuando llegan a puerto después de seis duros meses de pesca en alta mar, alegres por volver a ver a sus seres queridos pero derrotados por el cansancio acumulado y tristes por saber que tarde o temprano se volverían a marchar y dejar su vida en tierra. Pensaba en si decirle o no lo que en ese momento le pasaba por la cabeza. Sabía su respuesta, y su respuesta sería no. Se sentía como Sócrates, cuando a la pregunta de si se declara culpable debía decir sí, obligado por sus valores, a pesar de saber el resultado, la muerte. La respuesta sincera le llevaría a la cicuta y tras un momento de angustia y dolor, a la muerte. Pero no podía seguirle mintiendo, por él, por ella, por su breve amistad que les había llevado hasta aquel caserío abandonado después de haber pasado cuatro días intensos, inolvidables, fugazmente intensos. Fue todo tan rápido. No quería ser sincero porque conocía la respuesta. Desde muy joven había aprendido que si no se quería oír la respuesta mejor no preguntar. Y allí estaba, con la cara desencajada, torturándose psicológicamente. Debo decírselo, pase lo que pase, aunque sepa lo que va a pasar, se decía una y otra vez. Ella lo miró extrañada, observando fijamente sus labios contracturados, inmóviles, congelados en una estúpida mueca que le afeaba el semblante.
-Dime que te pasa -le dijo, tocándole la mano suavemente, como una madre acaricia a su hijo mientras duerme, despacio, por miedo a despertarlo. Como una madre, pensó, como una amiga, una buena amiga a pesar de haberse conocido cuatro días antes. Toca, acaricia como una amiga ingenua, ajena a su dolor, a su tortura interna. No como una amante, sino como una madre.
Él agachó la cabeza para que ella no viese aflorar de sus ojos una minúscula lágrima que intentaba retener sin conseguirlo. Aquí se acaba todo, se dijo. Así acaba nuestra breve pero intensa relación, con una caricia, una caricia que le estremeció el cuerpo entero, le erizó el bello e hizo que su corazón latiese más rápido, demasiado rápido, notó. Sí, todo acababa allí pero no de la manera que él había pensado sino peor, mucho peor. Intentó levantar la mirada pero no podía, no quería. Daba igual, tenía en su mente su perfecto rostro tatuado. Su perfilada nariz, su pequeña mandíbula, su dentadura blanca y perfectamente alineada, sus pequeñas orejas desprovistas de pendientes y sus ojos, aquellos ojos que le habían enloquecido un segundo después de verla por primera vez. Aquellos ojos curiosos, vigorosos, traviesos, bondadosos. Divagó sobre cuánta información sobre una persona puede ofrecer una mirada. La de ella decía que era una buena chica, simpática, amable, sincera, sentida, frágil, pero con carácter. O no -se dio cuenta de que a pesar de todo no la conocía lo suficiente para saber qué respuesta sería la escogida por ella-. Ese carácter que le fascinaba, que le volvía literalmente loco y que le hizo dar en ese instante un golpe seco con la palma de la mano en el empedrado suelo y decirle con tono amenazador que o le decía lo que le pasaba o se levantaba y se largaba. Él, con la mirada clavada en el suelo, visualizó en su mente sus ojos oscurecidos, débilmente entornados, como si un rayo de luz invadiese la estancia y no pudiese abrirlos del todo por el molesto resplandor. Notó también su animada respiración y supo ver su pecho firme inflándose y desinflándose rápidamente, casi jadeante. Aquel pecho que unos días atrás le había rozado el brazo provocando en él un incómodo calor corporal que le hizo enrojecer de vergüenza o de satisfacción, o de los dos sentimientos a la vez. Intuyó que lo miraba fijamente, extrañada, oyendo su corazón latir unas 140 veces por minuto. Esta se larga, se dijo, y tirando de orgullo y agallas levantó la mirada para posarla en aquellos ojos fríos, achinados, rojos de ira, grises, grandes, expresivos, preciosos, hipnotizadores como el mar, como el inmenso océano con su vaivén espumoso en pleno ocaso. No podía mentirle, no quería mentirle. Sabía que otro nada lo dejaría allí, solo, abatido, derrotado, muerto. Por fin articuló palabra.
-No lo sé -dijo-, siento que se me oprime el pecho. No es normal.
Algo no iba bien. Su corazón latía muy deprisa, demasiado deprisa, y la vista se le nublaba. Sacudió la cabeza para aclarar la visión pero en ese mismo instante cayó desplomado al suelo, rígido, tieso, como un roble talado. Le pareció escuchar árbol va. Escuchar sólo, porque no veía nada. No veía absolutamente nada. Pudo notar el calor cercano de Ángela, que le preguntaba qué le pasaba. Intentó decir que llamase a una ambulancia, pero su voz se apagó de repente. No podía articular sonido alguno. Poco a poco iba perdiendo facultades. Primero el cuerpo, la vista, la voz y el oído. Muy a lo lejos oyó un sonido de motor que se apagaba y a Ángela acercársele para susurrarle a la oreja.
-No me dejes mi amor, no me dejes.

XIII



La ignorancia es madre del miedo.
Henry Home Kames





Oyó unos golpes en la puerta. Abrió los ojos. Veía. Pero el techo que vislumbraba no era el de la masía abandonada. Movió un dedo, y después otro, y después la mano derecha entera, y el brazo. Poco a poco iba recuperando la movilidad. En su mano izquierda, era zurdo, notó algo metálico, duro, como una pistola. Su pistola. Extrañado, giró el cuello para adivinar dónde diablos estaba, qué había sucedido, por qué tenía su pistola en la mano cuando estaba completamente seguro que la había dejado en la habitación del hotel, antes de acudir a la cita con Ángela. Aún absorto, intentando recordar, analizar, revivir el pasado en su cabeza, pudo escuchar nítidamente la voz de Cándido que aporreaba la puerta y le llamaba por su alias, Alejandro.
         -Alejandro, ¿me escuchas? ¡Abre la puerta!
         Álex pudo decirle claramente que enseguida abría, la voz le había vuelto como por arte de magia, pero al levantarse y observar detenidamente la estancia no pudo dar un paso más. A su derecha, el senador yacía sobre la cama, una cama amplia, encharcada de lo que supuso sería sangre, porque tenía un agujero de bala en la sien, en medio de la frente. Estaba semisentado, apoyada media espalda y la cabeza en el cabezal de cuero gris, de medio metro de altura aproximadamente, con brazos y piernas estiradas y en calzoncillos. La cama aún estaba hecha. Había muerto con los ojos abiertos, sorpresivos, como si no se esperase aquel desenlace, su fatídico desenlace. Aterrorizado, Álex agachó la vista y pudo ver más sangre que venía de detrás de la cama. En el pasillo se oía a Cándido que le decía que se apartase porque iba a tirar la puerta al suelo a patadas. En la calle se oían ambulancias y sirenas de coches policía, un familiar sonido para el agente Llanos.
Despacio, intentando no tocar nada ni mover nada de sitio, se acercó a ver quién sería la desafortunada segunda víctima. Nada más verla soltó el arma que aún llevaba en las manos, cayó de rodillas y se puso a llorar. Se acercó a ella, sin importarle ahora si con su cuerpo borraba pistas, movía muebles o sus huellas rojas se marcaban alrededor del segundo cadáver. No puede ser, se dijo. Ángela no. En ese momento, mientras Álex rodeaba el cuerpo de su amada y abrazaba el bloque de hielo en el que se había convertido, la policía autonómica derribaba la puerta con un ariete metálico y entraba pistola en mano gritando alto y apuntando a todos lados, unos a la derecha y otros a la izquierda.
         -¡¿Qué cojones ha sucedido, Alejandro!? –gritaba Cándido mientras dos agentes autonómicos levantaban del suelo a Álex.
         Sacando fuerzas de flaqueza, Álex dijo a Cándido que no tenía ni idea.
         -¡Dímelo tú! –le increpó-. Tendrías que haberlo visto todo desde el otro lado.
         Cándido calló y salió por la puerta con la cabeza gacha. Los camilleros entraban corriendo, portando maletas y camillas. Mientras, los agentes uniformados esposaban a Álex.
         -¡¿Queeeé!? ¿Qué coño hacéis? ¡Yo no he hecho nada! Díselo Cándido. Diles que lo has visto todo y que yo no he sido.
Cándido callaba, avergonzado, con la mirada perdida en los grises azulejos del pasillo del hotel de cuatro estrellas que ahora se veía alterado, bullicioso, con los huéspedes asomando las cabezas por las puertas entreabiertas de sus habitaciones.
-¡Cándido! -gritó.
-¡No he visto nada, joder! -respondió-. No estaba de vigilancia cuando ocurrió. Cuando llegué vi la escena y vine corriendo. ¡No sé qué cojones ha pasado!
-¡Hijo de puta! -le increpó Alex, resistiéndose a abandonar la habitación y saber si Ángela aún vivía-. Estabas con tu zorra, ¿verdad? Hijo de puta, ¡abandonaste la vigilancia para echar un triste polvo! ¡Cabrón! ¡Cabrón de mierda!
En la calle, la policía acordonaba la zona, los coches patrulla seguían llegando mientras Álex veía de reojo como metían en unos sacos negros los cuerpos inertes del senador y de Ángela. En ese momento llegó Felipe.
-¿Qué coño ha pasado, Álex? -dijo apartando de un manotazo a los dos agentes que sujetaban a Álex.
-¡Felipe! No tengo ni puta idea. Me desperté aquí, con los dos ya muertos -dijo, con las manos esposadas a la espalda y las piernas temblando por ser consciente de lo que se le venía encima.
Felipe enseñó su placa a los dos policías que custodiaban al agente Llanos.
-Déjenme hablar con él un segundo -les pidió.
-Un segundo -respondió el mayor de ellos.
-¿Y Cándido? -preguntó.
-El muy cerdo estaba follando con su zorra. No ha visto nada. Cuando llegó al puesto de vigilancia ya había pasado todo.
-Dime la verdad, Manuel, ¿has sido tú?
Felipe le llamó por su nombre verdadero. Manuel Llanos y Antonio López se conocían hacía cuatro años, cuando, infiltrados en grupos antisistema, Antonio tuvo que identificarse a Manuel para no recibir una brutal paliza por los okupas franceses entre los que se encontraba. Manuel evitó que le reventasen la cabeza a patadas y desde entonces, una vez al mes quedaban para comer y explicarse sus miserias. Antonio le debía una, y gorda.
-Yo no he sido, te lo juro.
-¿La modelo? -preguntó a la vez que señalaba con su mentón la segunda bolsa negra que sacaban los sanitarios por la puerta.
Manuel, o Álex, negó con la cabeza.
-¿Recuerdas la chica que conocí en el lago?
Antonio, o Felipe, asintió.
-¡No jodas! ¿Cómo cojones ha llegado aquí? ¿La trajiste tú?
-No, no tengo ni idea de qué hacía aquí, ni de cómo llegó.
-¿Y la modelo?
-Ni idea -respondió Manuel encogiendo los hombros.
-Está bien, veré qué averiguo. Tú tranquilo, ves a comisaría y no hagas ninguna tontería. En nada te veo -le dijo dándole una amigable palmada en su hombro.
Manuel, resignado, decidió hacer caso a Antonio y se ofreció a los dos policías que lo custodiaban para que le llevasen a comisaría. Ya allí, en la sala de interrogatorios, solo, Manuel repasó mentalmente, fotograma a fotograma, la cruel película de aquella noche. Todo era explicable a su entender salvo dos cosas, su repentino desmayo y la aparición de su pistola en su mano. Pidió entonces que le hiciesen un análisis de sangre y que buscasen restos de pólvora en su mano izquierda. La policía accedió, al tratarse de un colega de profesión y también porque Antonio les sugirió lo mismo tras hablar con Manuel. Ya había explicado lo sucedido a los dos agentes que llevaban el caso, ahora sólo cabía esperar los resultados y que apareciese el abogado del sindicato al que estaba afiliado. Su abogado.

XIV


La resignación es un suicidio cotidiano.
Honoré de Balzac





Una semana más tarde su abogado pidió una cita a solas con Manuel. Traía malas noticias.
-Las autopsias no han demostrado nada. Un disparo en la cabeza al senador y en el pecho a la chica. Ella se llamaba Ángela Pardo Dominique. Prostituta de lujo, de origen francés, de la Francia vasca, exactamente. Por lo visto, el senador recibió una llamada de un lujoso prostíbulo barcelonés ofreciéndole una scort por su servicio al país y para ganárselo para futuros reclamos. El problema es que sólo tenemos la grabación de la conversación, la agencia de damas de compañía, llamada Hada, ha desaparecido como por arte de magia. Tus análisis de sangre no han aportado nada fuera de lo normal y el juez no cree tu versión del desmayo. Cándido ha dicho que tú te ofreciste a cambiarle el turno aquella noche.
-Hijo de puta -dijo resignado Manuel.
-Sí -continuó el abogado-, se ha cubierto bien las espaldas. Además, tu mano izquierda tenía pólvora. Tu relación con la chica los días anteriores complica mucho tu defensa. Lo que cree el juez es lo siguiente: que tú te enamoraste locamente de la chica, que vigilando al senador la viste entrar en su habitación y en un arrebato de celos te cargaste a los dos. Después te desmayaste por el alto estrés sufrido y que no recuerdas nada por la memoria selectiva. En algunos casos se ha dado que el acusado no recordaba nada de lo sucedido porque nuestra mente omite aquellos hechos...
-Déjelo -le dijo Manuel-, soy policía, ¿recuerda? ¿Qué posibilidades tengo?
-Hablando en plata, estás jodido. El fiscal ha pedido la pena máxima, veinticinco años por doble asesinato. Yo alegaré como atenuante de responsabilidad criminal obcecación, en principio. Si no resulta tendrás que ofrecerte a hacer un examen psicológico para probar que actuaste de forma totalmente ilícita, comprendiendo el alcance de la misma, es lo que se conoce vulgarmente como trastorno mental transitorio, y con tus antecedentes y tu profesión... esperemos que puedan ingresarte en un psiquiátrico no más de diez años.
Manuel se echó las manos a la cabeza. Diez años, aquello era el fin de su carrera, de su vida.
-¿A qué se refiere con lo de "mis antecedentes"?
-El fiscal sacó a relucir lo de Benidorm -dijo serio su abogado, un tipo mediano, delgaducho, moreno, peludo, con gafas de pasta negras y traje gris que le iba algo grande.
-¡Joder, no pueden hacerme esto! Aquello fue muy diferente. Era ella o yo. Salvé la vida de puto milagro.
-Mataste a una mujer a quemarropa, con sangre fría, muy fría. Han insinuado que eres misógino. Mira Manuel, ¿puedo llamarte Manuel?
-Llámeme como le salga de los cojones -contestó enfadado el detective.
-Bien, Manuel, eres policía, representa que defiendes a la gente como la que has matado. Perdón, que creen que has matado. Yo creo en tu inocencia -aclaró el abogado-. Si te declaras inocente se te comerán vivo en el juicio, y yo no podré hacer nada por evitarlo. Si te declaras culpable podemos alegar que fue un arrebato de pasión y celos y que te arrepientes de lo sucedido. Que te desmayases juega a nuestro favor. Podría conseguir diez años en un psiquiátrico y traslado a otro cuerpo, como policía local o guardia urbano. Tú decides.
-No pienso pagar por un crimen que no cometí -dijo serio.
-Yo tampoco lo haría, pero esto es diferente. Hemos sabido que el senador estaba compinchado con la oposición para sacar a relucir asuntos turbios del Ejecutivo. Quieren un cabeza de turco y te guste o no ese eres tú. Lo siento. La prensa está como loca por saber qué asuntos eran esos y el Gobierno está contra las cuerdas y tambaleándose a seis meses de las elecciones. Se rumorea que tú podrías ser un sicario a sueldo del Presidente, ¿sabes eso qué significa?
Que no duro en la cárcel ni tres desayunos, pensó. Estoy jodido.
-He hablado con el juez en privado. Acepta ingresarte en un psiquiátrico. Él cree que si eso es cierto tú podrías ser sólo el ejecutor, el cabeza de turco que buscaban para cargarse al senador y sus planes para sacar a la luz la corrupción del Partido. Si te declaras culpable y te comportas en el psiquiátrico en ocho años puedes estar fuera. ¿Qué opinas?
-Opino que me han jodido bien. ¿Se investigó a los ocupantes de la masía, los amigos de Ángela o como se llame?
-Sí y nada de nada. La casa rural que dices estuvo cerrada todo el mes. Las descripciones que diste no concuerdan con ningún archivo policial. Creen que te lo inventaste.
-Está bien –dijo resignado-. Llegue a ese acuerdo. No puedo ir a la cárcel, muchos de los presos me tienen ganas y a los otros les basta saber que soy poli para encularme.
-Buena elección, Manuel. Nos vemos en un par de días.
El flacucho abogado le dio una palmada amistosa en el hombro a Manuel y se fue por donde vino. El detective se sentó, agotado, derrotado. Jamás pensó que aquel tiroteo en Benidorm le trajese tantos problemas. Aquella zorra había descubierto su tapadera hurgando en sus cajones mientras él se duchaba después de hacer el amor, por llamarlo de alguna manera. Compinchada con su marido le tendieron una emboscada en la mansión del mafioso ruso. No tuvo otra opción, era ella o él. Le apuntaba con una pistola, apoyada en la puerta de la habitación, gritando como loca que allí estaba el poli. Apuntó al hombro pero la zorra se movió un segundo antes y la bala le atravesó la sien. De todas formas no habría vivido mucho, el marido no le habría perdonado su infidelidad. Después saltó por la ventana y salió de allí como pudo, esquivando balas, herido en una pierna, y saltando la verja a duras penas para ser atropellado por un coche que utilizó para ponerse a salvo mientras el conductor le decía de todo. Poco más de un año había pasado y el detective Llanos seguía teniendo pesadillas. Ahora tendría una más, el bello cuerpo de Ángela tirado sobre el parquet de la lujosa habitación de aquel maldito hotel. Dos mujeres muertas, a las que amó, en dos años no eran precisamente buenos somníferos.

XV



La esperanza es el peor de los males,
pues prolonga el tormento del hombre.
Friedrich Nietzsche





-Manuel, tienes visita -dijo la enfermera desde la puerta de entrada a la sala principal, donde los internos pasaban las horas jugando al parchís, a las cartas o viendo la televisión.
Manuel se levantó despacio del sillón donde cómodamente leía un libro titulado "Revilla", y en el que el autor, anónimo, destapaba todo aquello que el antiguo gobierno había intentado por activa y por pasiva tapar, todo aquello que el senador muerto había intentado vender a la oposición a cambio de protección. Lentamente se dirigió a la sala de visitas, donde la madura enfermera, vestida con una bata blanca impoluta, le esperaba sujetando la puerta. Imaginó que sería otro de aquellos periodistas jóvenes y con ansias de fama que a lo largo de su estancia en el psiquiátrico tantas veces habían querido hablar con él sin conseguirlo por el caso que había conmocionado al país.
-Si es otro periodista...
-Esta vez no. Os dejaré a solas. No hagas ninguna tontería -le dijo cariñosamente.
-Gracias Marta, no te preocupes.
Desde la puerta pudo ver como se levantaba de la silla una mujer joven, algo más joven que él, de melena larga, lisa y negra como su futuro. Llevaba puestas unas gafas de pasta negra, grandes y oscuras, que no dejaban ver sus ojos. Vestía como una ejecutiva, o como una de esas abogadas agresivas y sin escrúpulos que tanto abundaban en los juzgados de primera instancia. La observó bien, de arriba a abajo. Americana negra, camisa blanca estrecha, con dos botones desabrochados que invitaban a imaginarse unos pechos pequeños pero firmes, falda negra dos dedos por encima de las rodillas y zapatos negros, con tacón de aguja. Una mujer muy elegante a pesar de lucir únicamente una fina pulsera de oro en su muñeca derecha y un reloj sencillo, azul metalizado, en su muñeca izquierda. La falda ajustada estrechaba aún más unas caderas sinuosas y finas. Con las gafas puestas era una mujer muy atractiva. Me habría girado en la calle para seguir el movimiento de su trasero si me la hubiese cruzado caminando por la acera, se dijo. Ella también le había repasado de arriba a abajo. Se imaginaba un enfermo desaliñado, con barba de tres días, o más, vestido con pijama, cubierto éste por una bata azul desgastada y zapatillas de estar por casa. Estaba muy equivocada. Manuel vestía con una sencillez elegante que le hacía parecer un actor de cine que preparando un papel de esquizofrénico tuviese que pasar allí varias semanas. Su pelo era rubio, peinado con la ralla al lado izquierdo y luciendo un ligero tupé. Estaba bien afeitado y sus ojos azules le demostraron que seguía vivo, con ganas de vivir de nuevo. Vestía camisa blanca a rayas, limpia y planchada, con las mangas vueltas dos dedos por encima de sus muñecas, pantalón tejano algo ajustado y deportivas blancas. No lucía joyas, ni reloj, y sostenía en su mano izquierda un libro que ella conocía bien. A pesar de encontrarse donde se encontraba se veía que Manuel se cuidaba, se seguía cuidando. La mujer le hizo un gesto con la mano para que se sentase, y Manuel aceptó. Ella se sentó justo en frente, al otro lado de la mesa de nogal que dividía la estancia en dos.
-Usted dirá -dijo Manuel una vez sentado.
-¿Le gusta?
-¿Perdón?
-Si le gusta el libro, digo.
-No está mal -respondió Manuel.
Se hizo un silencio incómodo. La mujer sonrió. Ella sonrió al comprobar que Manuel, o Álex, el nombre por el que lo había conocido cuatro años antes, seguía siendo un hombre apuesto, atractivo y curioso, inteligente. No se había rendido, a pesar de estar en un psiquiátrico de máxima seguridad, compartiendo vida con lunáticos que se creían salvadores del mundo, esquizofrénicos y maníacos compulsivos. Ángela se quitó las gafas y el silencio incómodo pasó a convertirse en un silencio de estupefacción. Manuel no podía creerlo. Dejó caer el libro al suelo, paralizado su cuerpo por tan...tan indescriptible visión. Podría haber cambiado su manera de vestir, su pelo, sus movimientos juveniles, extrovertidos, pero aquellos ojos, ojos de nubes grises rodeando el dorado sol de sus pupilas, la delataban. Aquellos ojos con los que soñaba cada noche, abiertos, sin vida, observándole desde el frío y encharcado suelo de sangre. Aquellos preciosos ojos que le había ascendido a los cielos para luego servir a Lucifer durante cuatro años.
-¿Ángela?
-Sí.
Ahora reconocía su voz, su melódica voz. Aquella voz que siempre estaba acompañada de fondo por un sonido celestial, como música salida de un arpa. Confuso, Manuel no pudo articular palabra alguna. Ella sonrió, divertida con la situación, con la cara de sorpresa de aquel hombre al que amó en un lago, en una masía abandonada, hacía ya una eternidad.
-Creo que te debo una explicación -dijo Ángela.
-Crees bien -respondió Manuel, sobreponiéndose al terror que provoca encontrarte con tus viejos fantasmas sin esperarlo.
Ángela respiró profundamente antes de comenzar a hablar.
-Mi verdadero nombre es Carla, Carla Expósito. Yo era Guardia Civil, antiterrorismo para ser exacta. Mi unidad estaba especializada en Internet, búsqueda de mensajes encriptados y cosas así entre cédulas. Un día mi superior me propuso un trabajo de campo. El equipo lo integrábamos seis chicos y cuatro chicas. Cada uno de una sección diferente. Pol, ¿te acuerdas de Pol? -Manuel asintió, cómo olvidarlo-. Pues Pol era el jefe de equipo. Después teníamos una psicóloga, espías, expertos en armas y por último tres chicas monas que haríamos de señuelos para desconcentrar a tres nacionales que se ocupaban de la seguridad del senador en la distancia. Vosotros. Nuestra misión era fácil, matar al senador aprovechando unos días de descanso que se tomaba antes de encontrarse con un integrista y proporcionarle informes secretos que comprometían la seguridad del país, o eso fue lo que nos vendieron. Supimos la verdad cuando te arrestaron. La recompensa era muy golosa, dinero para vivir cómodamente el resto de nuestra vida, un visado en el país que escogiésemos y otra identidad. Además, no había inconveniente alguno para volver a España cuando quisiésemos. Todo parecía perfecto. Sara, Teresa y yo estudiamos vuestros expedientes. Lo sabíamos todo, o casi todo de vosotros. El plan era sacaros de vuestra vigilancia para que el resto del equipo pudiese espiar y cargarse al senador con tranquilidad, haciendo que pareciese un accidente. Pero a Pol le habían dado instrucciones diferentes, el muerto se le cargaría a un cabeza de turco. Tú.
Carla hizo una pausa para que Manuel asimilase lo dicho hasta entonces. Manuel escuchaba con atención, mirando fijamente a los bellos ojos de Carla, intentando no perderse en el inmenso cielo nublado que le traía agradables recuerdos, recuerdos maravillosos de una corta noche de verano. Manuel asintió, dando permiso a la ya mujer para que continuase. Carla adivinó sus pensamientos, seguían conectados a pesar de la distancia y el tiempo.
-Sara era la encargada de distraer al del turno de noche, nombre en clave Cándido, por Gengis Khan. Él era la clave de todo. Distrayendo a Cándido podríamos entrar en el hotel sin ser vistos y actuar a nuestro antojo. Sus guardaespaldas no serían ningún problema. Sara era una experta en sacar información a todo tipo de hombres, incluso a los más introvertidos o peligrosos. Dicen que ella solita desmanteló el cártel de los Pasiego. Después teníamos que esperar a la siguiente pieza clave, a aquel compañero que Cándido pidiese cambiarle el turno, y para mi desgracia ese fuiste tú.
Ambos se miraban fijamente, apoyados sobre sus brazos en la mesa rústica de madera. Ella con las manos separadas, palmas hacia arriba, simulando sumisión, pidiendo perdón con el cuerpo. Él tenía los dedos entrelazados, a la defensiva, esperando pacientemente el final del relato para actuar de uno u otro modo.
-Sigue -le ordenó serio. Ella volvió a suspirar.
-Yo sabía todo de ti, gustos culinarios, aficiones, tu pasado policial, el súper donde comprabas esos zumos que desayunas, dónde comías, dónde cenabas... Todo. No me fue difícil dar contigo, y mucho menos quedar a solas. Pero el footing por el lago… algo me cautivó de ti. No sé si fue tu físico, tu competitividad o tu mirada. O las tres cosas. El día que nadamos en el lago tendría que haber ido a Barcelona a entregar informes pero convencí a Teresa para que fuese por mí. Tenía ganas de volver a verte. Sin darme cuenta, sin pretenderlo, me había enamorado como una idiota de un nacional al que debía vigilar y con el que no había hablado más de diez minutos seguidos.
Al oír aquello Manuel se relajó. Carla pudo observar que por primera vez en toda la conversación Manuel deshacía los nudos de sus dedos para dejar reposar sus manos, que seguían palmas abajo, en la fría madera.
-Aquella noche, en la masía –Manuel volvía a entrelazar sus dedos, nervioso, sus pupilas se dilataron y comenzó a sudar-, todo fue perfecto. Ni en mis mejores sueños había imaginado una noche así. Fue increíble y al acabar me planteé decirte la verdad, pero en cambio no lo hice, me fui a la masía con las piernas temblando y me sinceré con Noa, la psicóloga. Al día siguiente, Noa habló con Pol y se tuvieron que adelantar los planes. Mi enamoramiento hacía peligrar la misión. Sin decirme nada, quedaron que actuarían la siguiente noche que quedásemos en la masía. A Noa se le ocurrió hacerse pasar por madame de un prostíbulo de lujo de Barcelona y obsequiar al senador con una de sus mejores chicas. El senador, como era de esperar, aceptó, y envió a la modelo con la que había estado aquellos días en el hotel a que saliese de fiesta con uno de sus guardaespaldas. Ninguno de los dos tuvo inconveniente. Así,  podríamos entrar en la habitación sin que nadie sospechase nada y actuar sin prisas. Fue muy fácil.
         -¿Y mi desmayo?
         -Sí, tu desmayo. Bien aquella tarde Jon te siguió. Vio que comprabas una botella de vino y que la dejabas escondida en la masía para mantenerla a temperatura ambiente. Una vez te fuiste, entró en la masía e inyectó un somnífero por el tapón. En realidad el somnífero era para los dos pero tuviste que adelantarte y beber solo –le recriminó-. Mientras tanto, Sara quedaba con Cándido en su casa, para acostarse con él una última vez. Le había prometido una noche inolvidable, su última noche, ya que el supuesto marido llegaba de un viaje de negocios al día siguiente. Cándido picó, y al no contestar ni tú ni Felipe al teléfono, dejó al senador sin vigilancia. ¡Hombres!
         Esto lo había dicho con una mueca de desaprobación, casi de asco.
         -Tú ya yacías en el suelo desmayado. Al poco llegaron Pol y el resto. Al verme en pie tuvieron que improvisar y convencerme de que tenía que ir a la habitación del senador y hacerme pasar por una prostituta de lujo. Yo no pude decir que no. Me llevaron en coche al hotel, subí a la habitación del senador, nos tomamos dos copas de cava y empezó a desvestirse para… eso. En ese momento picaron a la puerta. Como el senador estaba en calzoncillos abrí yo y Pol y Jon entraron sin decirme nada. Jon se quedó en la habitación, apuntando al senador con su pistola. El pobre se meó encima del susto. Pol te traía arrastrando por los pies. Como pudieron te pusieron en pie, colocaron una pistola en tu mano izquierda y dispararon al senador a la cabeza. Después me dispararon a mí.
         Carla se abría la camisa para enseñar la herida de bala que lucía en su pecho derecho. Manuel no pudo evitar fijarse también en sus sujetadores lilas, de encaje, que enderezaban unos pechos ya tersos de por sí. Aún no la había olvidado, ni había olvidado aquella noche en la masía, cuando la pasión se desató entre ambos.
         -Después –continuó Carla-, me administraron por vena una droga que simula tu muerte durante veinticuatro horas y te dejaron allí, nos dejaron allí –aclaró-, hasta que te despertases. Llamaron a Sara para que echase al poli de su piso, con la excusa de que su marido llegaba antes de lo esperado y Cándido se fue para la habitación del motel a seguir con la vigilancia. Cuando llegó y vio la escena entró en pánico y corriendo se dirigió al hotel y llamó a la policía y a una ambulancia. El resto de la historia ya la sabes.
         -No, no la sé. ¿Qué pasó contigo? –preguntó Manuel, curioso.
         -Me desperté en un avión, camino de Costa Rica. Y allí he estado hasta hoy.
         Sus ojos no mentían, brillaban como el sol, como el sol que lucía en su interior, rodeando sus pupilas. Estaba muy hermosa, aunque no se acostumbraba al cabello liso y negro, le encantaban sus rizos castaños de niña pequeña e inocente. Carla adivinó sus pensamientos de nuevo.
         -¿Te gusta? –preguntó coqueta.
         Manuel no quiso dar sensación de debilidad. No contestó.
         -¿Por qué has venido? ¿Por qué me explicas esto ahora? ¡Te das cuenta por todo lo que he tenido que pasar! Me encasquetaron un crimen que no cometí. He pasado cuatro años en este maldito lugar, y cuatro más que me quedan, rodeado de esquizofrénicos, adúlteros, chalados que babean o que no paran de tocarte el hombro pidiéndote que juegues con ellos. ¡Y todo porque tú me vendiste! No tendrías que haber venido, no tendrías que haberme explicado nada de esto. Ahora te odio con toda mi alma. ¡Vete! ¡Lárgate y déjame en paz! Supongo que estarás satisfecha. Mientras tú te dorabas al sol en Costa Rica yo estaba aquí, alejado de todo y de todos. Mi familia no quiere saber nada de mí, me he quedado sin empleo, sin vida. Tendré que volver a empezar de cero, fuera del país, sin poder ver jamás a la gente que quiero. Eres una zorra, Ángela.
         A Manuel se le humedecieron los ojos. Se tapó la cara con sus sudorosas manos para que Ángela, o Carla, no le viese llorar. Se sentía humillado, mordido y babeado como si fuese un muñeco de trapo en la boca de un bulldog inglés, negro, de ojos rojos. Se sintió el juguete de Cujo. Ángela cogió su bolso, se levantó de la silla y se acercó a él.
         -Lo siento mucho –le susurró al oído, dulcemente, mientras pasaba su brazo izquierdo por encima de sus hombros-. Te mentiría si te dijese que te comprendo, pero debes creerme que en estos cuatro años no he dejado de pensar en ti ni un solo día, en lo que te hice y en la huella que me dejaste dentro.
         Ángela removió en su bolso buscando algo. Dos segundos más tarde sacó un papel blanco que puso encima de la mesa cerca de las manos de Manuel.
         -Esta es tu hija, Daniela.
         Manuel levantó la cabeza despacio. Miró la foto. No, no podía negar que fuese hija suya. Rubia, con sus mismos ojos, con su mismo pequeño mentón, ligeramente metido para adentro, con su nariz y su boca. Estupefacto, miró a Ángela a los ojos. Estaba llorando, sonriente. Asintió con la cabeza, en silencio.
         -He venido a buscarte –le dijo.
         El ángel y el demonio batallaban en su interior, uno con espada, el otro con guadaña. No pensaba, se había quedado en blanco. La inesperada noticia lo había desarmado, ahora era él desarmado.
         -No… no sé qué decir –dijo.
         -No digas nada. Creía tener un deber contigo. Tenía la necesidad, la obligación de decírtelo. Daniela es preciosa, una buena niña a la que le encanta el deporte, como a su padre. Es muy buena en natación.
         Él sonrió. Miró a Ángela, esta vez sin odio en sus ojos, sinceramente, perdonándole todo lo que le había hecho, comprendiendo que ella no tenía culpa alguna de lo sucedido. Él era el cabeza de turco, y con ella o sin ella a su lado le habrían colgado el muerto igualmente. Su destino estaba escrito, pero Ángela lo hizo más soportable, en vida y en sueños. Su recuerdo le ayudó muchas noches a no caer en la desesperación, en la ira, en el suicidio. Algo en su interior le decía que debía vivir por ella, por volverla a ver, aunque fuese por venganza. Ese algo era su hija, ahora lo comprendía todo. Su hija, sin él saberlo, sin tan siquiera sospecharlo, le había ayudado a salir del pozo negro y profundo en el que le habían metido.
         -¿Por qué Daniela? –dijo Manuel cogiendo la foto con sus manos para observarla de cerca, su profesión seguía siendo observar.
         Ángela, Carla, se encogió de hombros.
         -No sé, me vino así.
         -Me gusta el nombre. Daniela. No podrías haber escogido un mejor nombre para nuestra hija.
         Aquello de nuestra hija le sonó raro, lejano.
         -¿Quieres conocerla?
         -Sabes –dijo Manuel poniéndose en pie-, aquella noche, nuestra última noche, abrí el vino antes de tu llegada porque necesitaba un trago, necesitaba valor para pedirte que te vinieses conmigo, que lo abandonases todo por mí. O si tú lo querías, sería yo quien lo dejaría todo por ti. Aquella noche te iba a pedir que te casases conmigo.
         Ángela no pudo evitar llorar.
         -Te habría dicho que sí sin pensarlo. ¿Qué dices? ¿Te vienes conmigo? ¿Eres capaz de dejarlo todo por mí, por tu hija?
         Manuel negó con la cabeza.
         -No tengo nada, no tengo dónde ir, ni siquiera sé dónde dormiré cuando salga de aquí. No sé que haré pero… no.
         -¿No qué? –pregunto ella visiblemente nerviosa.
         -No sé por qué pero algo me dice que debo seguir con mi vida, apartarme de ti. No me iré contigo, lo siento.
         -Pero… ¿no quieres conocer a tu hija?
         -No es mi hija, es tu hija. Yo no la conozco de nada, no la he visto crecer, ni he jugado con ella, ni tampoco me llamará papá. Lleva mi sangre, pero es más tuya que mía.
         -Lo entiendo –dijo Ángela-. Lo entiendo, de verdad que lo entiendo Álex. Creí que podía venir aquí, soltarte el discurso y salir contigo del brazo como si no hubiese pasado nada. Está claro que me equivoqué. Supongo que necesitas tiempo para recapacitar. Está bien.
         Ángela le dio la vuelta a la foto y sacó un bolígrafo de su bolso.
         -Esta es mi dirección en Costa Rica. Si quieres, allí nos encontrarás. Si no tienes dinero envíame una carta, con mucho gusto te pagaré el viaje de ida y de vuelta, si así lo deseas. Es cierto, ya no somos los mismos, no sabemos nada el uno del otro, ni tampoco conoces a tu hija, ni ella a ti, pero eres su padre, eso no cambiará jamás.
         Ángela se acercó a Álex y le besó en la mejilla, suavemente, como una madre besa a su hijo una vez le ha leído un cuento y le desea buenas noches cuando éste se ha quedado dormido.
         -Ojalá me perdones algún día –le susurró al oído-. Ojalá me perdones y te perdones a ti mismo.

XVI



Sólo el hombre íntegro es capaz de confesar
sus faltas y de reconocer sus errores.
Benjamin Franklin





Estaba estirado en la cama, acabando el libro que había llevado todo el día con él, cuando se oyó girar el pomo de la puerta. Manuel colocó en la página por la que iba la foto de Daniela, usándola como punto de libro, y se levantó de la cama. Se abrió la puerta y entraron dos robustos hombres vestidos con traje azul marino, camisa blanca, sin corbata, y una mano a la espalda. El de pelo más claro se abalanzó contra el y le tapó la boca mientras con el otro brazo le presionaba el pecho, dando la espalda contra la pared. Un tercer hombre aparecía por la puerta. Era un hombre mayor, con la piel muy arrugada, con dedos largos y esqueléticos. Era alto, metro ochenta, con el cabello canoso, engominado, y peinado con la raya al lado. Intuyó que era de derechas. También vestía traje, negro y con corbata. Le miró fijamente a los ojos unos segundos, antes de darse la vuelta y comenzar a hablar.
         -Esa zorra no tendría que haber venido a verte –dijo secamente, sin ninguna emoción, sin presentarse-. Te ha sentenciado. Claro está que no te vamos a pegar un tiro aquí mismo, ni te vamos a llevar a ningún lado. Te ahorcarás tú solito.
         Manuel abrió los ojos, sorprendido por tan inesperada declaración de intenciones. Se veía muerto, y se lo debía a ella.
         -Algunos hombres poderosos no quieren que lo que sabes salga a la luz. Por ella no te preocupes, la tenemos controlada. Si no haces ninguna tontería, ella y su hija, tu hija, vivirán.
         El viejo caminaba lentamente por la habitación con la cabeza agachada y la espalda corvada. Hablaba despacio, con las manos cogidas a la espalda, pensando cada palabra, cada sílaba, cada letra. Tranquilo, muy tranquilo, como si hiciese aquello cada noche.
         -Te voy a explicar que pasará a continuación. Cogerás un papel y bolígrafo del escritorio y escribirás una nota de suicidio convincente. Tengo toda la noche, así que no inventes textos cifrados o notas ocultas. Andrés está deseando pegarte una buena paliza –y Manuel miró al enorme tío que tenía a su derecha, cagado de miedo por saber que de aquella noche no pasaría-. Siéntate y escribe.
         El hombre se marchó por donde había venido y los dos guardaespaldas sentaron a la fuerza a Manuel en la silla de su escritorio. Aún sin saber muy bien por qué de todo aquello, abrió un cajón y sacó una hoja de papel Din A4 mientras con la mano izquierda cogía un bolígrafo del lapicero negro que tenía frente a sí. Los dos hombres trajeados se tiraron hacia atrás, colocándose cerca de la puerta, dejándole solo con sus pensamientos.
         -Te estamos apuntando, no hagas ninguna tontería –dijo uno de ellos.
Manuel asintió sumiso, por primera vez en su vida.

XVII


A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo,
 dos corazones en un mismo ataúd.
Alphonse de Lamartine




<<Dicen que los errores se pagan, que lo que hacemos en vida se te da devuelto cuando la muerte te acecha escondida detrás de la siguiente esquina que vas a cruzar. Ahora es el momento de pagar por mis errores. De confesarme. Esta noche será la última noche que vea brillar la luna, que vea tu bello rostro reflejado en ella. No debiste venir. Las últimas palabras que me dijiste hablaban de perdón, pues ha llegado el momento de perdonarte. Ahora que todo acaba para mí, que no me queda nada ni nadie, ni tan sólo tú, he decidido perdonarte, a pesar de todo lo ocurrido. No quiero irme de este mundo con ningún peso a la espalda, y este lo llevo desde que te conocí, exactamente hace cuatro años y un día. Esta carta será mi confesión, sin capellán, sin Ave María Purísima, sin rencor, sin dolor. Una confesión sincera, por la que no espero nada a cambio, ni de ti ni de nadie. No espero reproches, ni compasión, ni entrar en el cielo por la puerta grande, posiblemente, seguro, no me lo merezca. No creo en Dios, y por lo tanto tampoco en el Diablo. Creo en la justicia terrenal, en el que a hierro mata a hierro muere, en el ojo por ojo, en el que recoges lo que siembras, y hasta que te conocí, yo sembré cardos y zarzales allí por donde pasaba. Por eso veo justo tener una muerte agónica, interminable, cruel como la vida misma: la asfixia. Me ahorcaré, y mi último pensamiento será para ti, para nuestra hija, y mi último deseo será que viváis felices, tan felices como yo lo fui aquellas tres horas en las que te tuve entre mis brazos, desnuda, sumisa, sudorosa, susurrándome al oído todo aquello que te gustaba de mí, abrazándonos fuertemente para intentar ser uno, para meternos en el interior del otro, para juntar nuestras almas, amándonos apasionadamente, como jamás amamos ninguno de los dos y jamás amaremos nunca. Este es mi adiós a esta mísera vida que me ha enseñado a sufrir y a amar, por separado y al mismo tiempo.
>>Yo era un joven normal hasta que por casualidad me encontré con un cuello terso y joven entre mis manos. María, así se llamaba mi primer amor, y mi primera víctima. Fue una prostituta que frecuenté una vez por semana durante varios meses. Un día me rechazó, no recuerdo sus palabras exactamente pero vino a decir que me tenía miedo, que no confiaba en mí, que temía por su vida en cada orgasmo que yo tenía, que me volvía loco, impredecible, violento. Recuerdo bien como me sentí, una incontrolable ira se apoderó de mi cuerpo y sin pensarlo dos veces la golpeé en la cara, ella se desmayó, y con cuidado de no ser visto la introduje en el maletero de mi coche y conduje hasta un lugar apartado de todo y de todos, en la montaña, cerca del Embalse del Atazar, junto a unos muros de piedra que parecían formar un caserío ya derruido. Allí me ensañé con ella, la violé y la descuarticé para enterrarla por partes, desperdigada por el terreno. Busquen en ese lugar, muchos casos de prostitutas desaparecidas quedarán archivados. María fue la primera, pero no la última. Salvo raras excepciones, dos para ser exactos, la mayoría de mis víctimas fueron prostitutas de la calle, yonquis, travestis, purria en general. Creía erróneamente que así purgaba mis pecados, yo asesinaba, disfrutaba violando y asesinando a mujeres y a cambio limpiaba Madrid de deshechos sociales. Así podía dormir tranquilo una vez calmada mi pervertida sed interior, sin remordimientos, cuando volvía a ser yo, Manu, amigo de sus amigos, extrovertido, estudioso, deportista, apolítico y fiestero. Con mi quinta víctima fui consciente de que aquella ira se me estaba yendo de las manos a medida que me sentía seguro, cuando nadie echaba de menos a aquellas mujeres y ninguna pista indicaba mi dirección, y decidí actuar en consecuencia para asegurarme más violentos asesinatos saliendo indemne de ellos. Me hice policía. Nadie investigaría a un policía sin tener la certeza de que era un asesino en serie. Entrené duro y afortunadamente el examen psicológico no descubrió mi otro yo. A los tres años era detective y a los cinco me asignaron mi primera misión como infiltrado en una banda de moteros que traficaban con burundanga. Disfruté con aquel trabajo porque pude sacar a mi depravado yo varias veces durante los meses que duró la investigación siendo aquello parte de mi trabajo. Seguía durmiendo tranquilo. Pero mi Marqués de Sade no pudo salir a hacer de las suyas cuando conocí a Svetlana. Rubia, ojos azules, nariz respingona, cuerpo cuidado, atlético, no tenía nada más que hacer en todo el día que ir al gimnasio y de compras, preciosa, simpática y temerosa de su marido. Me enamoré como un idiota y si no me llega a apuntar con aquel arma, si su marido me hubiese cogido en mi habitación del hotel, por ejemplo, si hubiese sucedido cualquier otra situación, ahora estaría en una caja de pino en algún cementerio de Madrid y Svetlana conmigo. Pero valió la pena. Con Svetlana podía ser yo mismo y estar sosegado y feliz. Esperaba una llamada suya para vernos en cualquier hotel durante unas horas y amarnos a escondidas. Ella parecía disfrutar con aquella situación, yo no. Por una vez en mi vida pensé con la cabeza, y Dios sabe las noches que pasé en vela decidiendo quien ganaba el partido entre la cabeza y el corazón, y me alegro de ello. Decidí abandonarlo todo, incluso a ella. Volver a Madrid, decir que me habían descubierto y seguir con mi vida. Hasta aquel día no conocí verdaderamente a Svetlana. Se puso furiosa, loca de atar, celosa, agresiva. Me lloraba y me pegaba, me suplicaba que me quedase en Benidorm para momentos después mandarme a la mierda llamándome de todo. No paraba de repetir: hay otra verdad, hay otra. No quiso escucharme cuando intenté decirle que lo nuestro no podía ser y que prefería vivir. Es muy arriesgado ser el amante de la esposa de un narcotraficante ruso. Supongo que cuando llegó a casa aquella noche le contaría la verdad a su marido con la esperanza de que éste me matase. Por suerte no fue así. Pero el amor sentido hacia Svetlana calmó mi otro yo y por fin pude dormir algunas noches sin tener pesadillas. Con ella me sentía vivo, me sentía seguro de mí mismo, y me gustaba aquella sensación de melancolía nocturna en la que me pasaba horas mirando al techo y pensando en su dulce cuerpo de muñeca. La recuperación en Madrid fue lenta y dolorosa, y al contrario de lo que me imaginaba, Jack, así lo había bautizado yo, no apareció. Parecía que toda aquella rabia que contenía, la cólera que sentía al ser rechazado se hubiese ido con Svetlana. Después volví al trabajo y te conocí. Aquel día, en el lago, se me apareció un ángel con forma de mujer. Fue después de correr juntos cuando supe que iba a enamorarme de ti. No lo pude evitar, o posiblemente sea yo algo enamoradizo. Supongo que buscaba en una mujer lo que mi madre no me dio jamás, cariño. Y al no obtenerlo salía aquella rabia que me hacía hacer lo que hacía. Pero no fue así contigo, para mi consuelo. Fueron los cinco días más maravillosos que había tenido nunca. Svetlana estaba a años luz de ti. Eras aquella mujer que toda mi vida había estado buscando y que ya había perdido la esperanza de encontrar. Eras perfecta, perfecta para mí. No sabes cuántas veces he pensado en aquella noche, la única noche que hicimos el amor. No sabes cuántas veces.
>>Ahora me toca a mí pedir perdón, por lo hecho y por lo que voy a hacer. Cuida de Daniela y sed ambas felices, recordándome como amante y como padre que nunca fui. Espero me perdones algún día. Espero volver a besarnos algún día, allá donde estemos. Y ahora eres mi ángel de la guarda que me hace no tener miedo a la muerte. Te amo. Álex.>>

XVIII



Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor,
 siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento.
Viktor Frankl





Manuel dejó el bolígrafo en la mesa y se frotó la cara con sus manos. Uno de los dos gorilas se acercó a él, le quitó el papel de las manos y le hizo una seña con la cabeza al otro para que llamase al que era su jefe. Cuando llegó, el gorila le dio la carta y éste la leyó en silencio.
         -¿Puedo pedirle mi última voluntad? –dijo Manuel mirando fijamente a los ojos sin vida de aquel desgraciado que venía a reventarle la vida. El hombre asintió-. Quiero que me dé su palabra que esta carta llegará a la dirección que hay en el dorso. Por favor –suplicó Manuel.
         -Lo intentaré –dijo el hombre.
         Manuel pude ver en su rostro sinceridad. Se dedicaba a observar. Y se tranquilizó.
         -Estoy preparado –dijo.
El hombre asintió a sus gorilas y se marchó por la puerta de la habitación sin hacer el más mínimo ruido, como si fuese un fantasma del pasado, sin cadenas, sin necesidad de caminar, de taconear el enlosado suelo del psiquiátrico. Ahora era él el sumiso. Se dejó llevar hasta la soga que colgaba de la ventana sujeto por los brazos, en silencio, en paz consigo mismo y con la cara de Ángela en sus ojos. Con una mano sujetaron a Manuel por las axilas mientras que con la otra le ponían la soga al cuello. Uno de ellos acercó la silla de madera del escritorio y la puso bajo los pies de Manuel. Seguía con los ojos cerrados, inmerso en sus pensamientos, ignorando completamente lo que sucedía a su alrededor. Seguía pensando en aquella noche, en la masía abandonada, en las adulaciones que recibía de Ángela mientras sudorosos se restregaban por la alfombra barata, en sus silencios, en lo que decían sus ojos, ojos de enamorada. Oyó un fuerte ruido, como una patada a una silla de madera, y cayó al vacío.

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