martes, 18 de noviembre de 2014

Reflexión

Me acuesto pensando en la suerte que tengo de tener amigos como los que tengo. Es verdad. Para mí es imposible recordar una solitaria adolescencia. Siempre estábais ahí. Debo decir que mis amigos son amigos desde la más tierna infancia. Con una mirada nos lo decimos todo. Nos conocemos a la perfección, sabemos qué nos hace reír y lo que nos hace llorar. Yo pondría la mano en el fuego por todos ellos (en según qué cosas claro, que nos conocemos). Son amigos de verdad, amigos que no huyen de mis desgracias, que a su vez también son como las suyas. Y eran. Sabíamos divertirnos, eso sí. Debo decir también que muchas anécdotas se las debo a Moror, mi pueblo. Tengo tantos buenos momentos... Pero también he disfrutado de la desmadrada ciudad. He tenido noches igual de divertidas, viendo las lágrimas de San Lorenzo  como llevándome calabazas en la discoteca. El tener ambas cosas me ha enriquecido como persona. Sé disfrutar de una hoguera y de las luces de neón. Y eso ha sido, es y será (no os librareis de mí tan fácilmente) toda la vida.
Bien es cierto que algunas veces transgredimos lo legal. No hemos sido unos santos tampoco. Y ahora somos padres, unos padres estupendos. Y nuestros hijos se crían juntos, se quieren. Pero lo más importante es que nosotros queremos que se críen juntos.
Mis amigos me han dado momentos que guardo en un baúl para que el alzheimer no los encuentre. He tenido mucha suerte de teneros. No me arriepento de ningún momento pasado con vosotros, bueno sí, el de las putadas a unos cuantos. Esos momentos los he metido en otro baúl y el alzheimer hace el resto. Me siento orgulloso cuando digo a la gente que mis amigos son amigos de toda la vida. Han sido amigos y unos hijos de puta en las borracheras, pacientes en los fracasos amorosos, y prudentes en los consejos. En los consejos también, porque aunque uno acabase haciendo lo que le diese la real gana y se diese de morros él solito, gustaba oír "no lo hagas". Eso significaba que alguien se preocupaba por tí, alguien que era como tú y había pasado o estaba pasando por lo mismo. Hablar siempre fue un acierto y un placer. Si me pongo a pensar estoy seguro que saco una conversación profunda a solas con cada uno de vosotros. Gusta que se preocupen por uno. Eso era y es lo importante, que nos preocupábamos los unos por los otros, y lo seguimos haciendo.
A todos vosotros, que tantos años me habéis aguantado. A vosotros, a los que he hecho reír y ríen conmigo y a los que he hecho llorar y siguen a mi lado, deciros que no cambiaría un ápice de lo que he vivido junto a vosotros y lo que he aprendido, que no es poco, lo llevo siempre conmigo. Pediros disculpas y daros las gracias, me considero muy muy afortunado de que sigáis..., sigamos siendo amigos.

1 comentario:

  1. Pocos conservan amistades de la infancia, te felicito por haber podido mantenerlas, toda una declaración de amor para los amigos.

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