jueves, 18 de mayo de 2017

Stalingrado, Rusia, agosto de 1943

-Explíqueme la hazaña -me dijo Afanásiev-. Esto tiene que ser leído por todo el país. Nuestros camaradas deben saber cómo Vasili Záitsev ha acabado con el mayor Konings, director de la escuela de francotiradores de Berlín, enviado a Stalingrado por la Wehrmacht para liquidar al «gran conejo» ruso.
-¿Por dónde empiezo?
-¿Quién le enseñó a disparar?
-Mi abuelo. Cazaba venado y lobos en las taigas de los Urales. Él me enseñó a tener paciencia, a ocultarme a la vista de la presa por completo. “Échate como una piedra y limítate a observar. Estudia el terreno y dibuja un pequeño mapa en tu cabeza con los elementos más destacables”, me decía. Y tenía razón. Aquí en el frente, luchando contra francotiradores alemanes experimentados, si haces un movimiento en falso y te delatas, si te pones al descubierto aunque sea un segundo de más, lo pagas con una bala en la cabeza. Esa es la vida de un cazador o francotirador. Paciencia y precisión.
>>Cuando llegas al frente es como adentrarte en el bosque. Primero debes oír todo cuanto sucede a tu alrededor. En el bosque aprendes que si las urracas hablan, señal de que tienes compañía. En el frente, si eres observador y estás atento puedes saber la distancia a la que están los morteros o las ametralladoras con oír los silbidos de los proyectiles. Entonces buscas un buen emplazamiento donde echarte inmóvil y esperar a que la presa alce la cabeza, salga de su escondite y poder abatirlo con un solo disparo. Así he acabado con más de trescientos oficiales y soldados alemanes, incluido Konings.
-Ha recorrido durante meses las ruinas de las fábricas y las castigadas laderas de la colina Mamáiev, ¿qué ha sido lo más duro de todo este tiempo?
-Todo. El invierno ruso es duro ya de por sí, pues imagine si al gélido clima se le añade el hambre, la sed, el sueño, el humo de los incendios, el polvo levantado por las bombas y el hedor de cadáveres putrefactos o chamuscados por lanzallamas. Una vez pasé cuatro días en un cráter con dos cadáveres de amigos míos, sin poder dormir, con el arma siempre aferrada entre las manos. Dos noches llovió y soplaba un viento frío que me helaba las entrañas. Me acurruqué en un rincón de la trinchera, temblando, mientras caía la lluvia helada. El agua se acumulaba al fondo del cráter. La humedad constante hacía que la vida allí fuera penosa. Por las mañanas siempre hacía frío y el culo se me congelaba por el contacto con el suelo. Me atenazaba el hambre, y aún más la sed. La boca parecía de algodón y tenía la lengua hinchada. Casi no podía ni hablar. Pero lo más duro fue ver por la mirilla de mi rifle cómo un camarada herido que estaba en zona enemiga, era abierto en canal por otro camarada para comerse su hígado aún caliente mientras el otro agonizaba. Esa imagen no se me borrará en la vida. Como tampoco la mirada estupefacta del herido a su cruel compañero que parecía preguntarle qué estaba haciendo. Me dieron ganas de dispararle a la cabeza a ambos, al primero para que dejase de sufrir, al segundo para que dejase de ser soviético. No hay crimen más abyecto que perder la conciencia en tiempos de guerra.
-¿Cómo supo del escondite del francotirador alemán?
-Para mí, el proceso de localización de un francotirador enemigo se divide en dos fases. La primera empieza con el estudio de las defensas enemigas. A continuación, averiguo dónde, cuándo y en qué circunstancias nuestros soldados han muerto o han sido heridos por el francotirador. En este punto, los médicos me son de gran ayuda, pues me explican dónde han recogido a la víctima y la posible trayectoria de la bala. Entonces voy al lugar para localizar a testigos y recabar de ellos todos los detalles sobre el incidente. Reunida la información, trazo un diagrama en el que señalo la localización probable del enemigo. Así fue cómo supe que Konings llevaba días apostado bajo una plancha de hierro matando a camaradas indiscriminadamente. Busqué un escondite frente a él y esperé al atardecer, porque nos daba la sombra y daba el sol en la posición donde creía que estaba el boche, para ponerlo a prueba. El reflejo de su mirilla me delató su posición exacta cuando Kúlikov, simulando ser yo, se expuso a un tiro limpio. Al disparo del boche Kúlikov cayó hacia atrás simulando estar muerto. El fascista alzó la cabeza para saber si había acertado en el blanco y ese segundo lo aproveché yo para reventarle los sesos. El cazador de los Urales había vencido al francotirador alemán más experto. Un error, mostrarse un segundo, impaciente por conocer el resultado de su disparo, le costó la vida. Y eso es lo que procuro enseñarles a mis subordinados.
-¿Cómo lo hirieron? Después de todas esas muertes, después de ser una leyenda y un ejemplo para todo soldado soviético, está aquí, en la enfermería. ¿Cómo es posible?
Vasili sonrió.
-Yo también cometo errores. Teníamos noticias de un nuevo ataque alemán, del lugar y la hora. Nuestro comandante, Nikolái Filípovich Batiuk, nos había ordenado repeler el ataque enemigo contra el flanco derecho del regimiento nazi. Ordenó a mi grupo de francotiradores atacar los puestos de mando y observación del enemigo. Éramos trece fusiles para un centenar de oficiales y suboficiales alemanes. Como sabíamos por dónde llegaría el asalto, nos colocamos frente a ellos, camuflados y quietos a la espera de comenzar la caza. Con los primeros rayos de sol, los oficiales alemanes salieron de la trinchera para observar el campo de batalla. Los reflejos en sus prismáticos nos dieron su situación. Un reflejo, una bala, un muerto. Aún y así lanzaron el ataque y los muy ingenuos caían como moscas en su avance por tierra. Los machacamos sin piedad.
>>Vi a dos soldados alemanes que alzaban los brazos en señal de rendición y salí de mi escondite procurando capturarlos para hecerles prisioneros e interrogarles. En ese momento los lanzacohetes nazis comenzaron a escupir fuego ¡contra sus propios hombres! Para los boches no hay rendición posible y antes de que nosotros pudiésemos apresar a sus soldados, los oficiales alemanes preferían matar a sus subordinados. No era la primera vez que veía eso. Una vez, en la cañada de Dolgi vi como los médicos boches dejaban atrás a soldados mutilados que pedían auxilio y únicamente salvaban a aquellos que podían volver al campo de batalla en unos días, sobretodo zapadores.
>>No esperaba que los alemanes disparasen contra sus hombres, así que cuando llegué al lugar de los soldados que querían rendirse estalló a treinta metros de mí un cohete que me noqueó.
-¿Qué se siente cuando la metralla de un proyectil de ese tamaño le alcanza?
-Lo cierto es que no fue el primer proyectil que me alcanzaba. Un día empezaron a llover obuses del cielo y uno explotó cerca de mí. Caí al suelo y durante un rato no pude oír nada, como si estuviese mil metros bajo tierra. La cabeza me zumbaba y veía círculos de colores que giraban delante de mí. Todo me daba vueltas y la tierra se volvió tan caliente que me parecía estar dentro de un horno. En aquella ocasión, mi última visita al frente, el aire caliente de la metralla me abrasó la cara y me quedé ciego. Un dolor agudo me quemaba las córneas, todo se volvió negro, el fuego me desgarraba el cuero cabelludo y sentí muchas náuseas. Recuperé la vista varios meses más tarde, cuando ya habíamos ganado la batalla. Le puedo asegurar que no es una sensación agradable.

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